Náufragos de las supermanzanas
En Barcelona los restaurantes italianos reales están llenos de italianos reales. Abres la puerta y ya sale un camarero, un ayudante de camarero, un cocinero, un ayudante de cocina, un gestor de fonética, un adiestrador de toponimia… Todos italianos. Y la harina es italiana y te habla en italiano por los descosidos. También el tomate, el queso, las aceitunas, el tomillo, el laurel, el vino, la cerveza… Incluso el aire que respiras se ha envasado en Castelvetro di Modena o Pieve di Teco. Si esto ocurriera en un restaurante de cocina catalana enseguida lo cerrarían (con alguna ley de la dictadura de la moral-letal) por racista, discriminador, no acogedor, etc. Es más fácil ser italiano en Barcelona que en catalán. O… no.
El propietario se me acerca con palabra lombarda mientras dialogo con una pizza que es una copia exacta de los bosques que muerden el lago de Garda. Con un árbol de albahaca en boca me pregunta: ¿qué le pasa a Barcelona? ¿Qué quieres decir, sagal? Y el tío se sienta como si tuviera que darle comida yo. Mirad, el restaurante lo tiene cerca de una de estas supermanzanas. Y hace tiempo que el hombre se siente amenazado. Los caciques de los islotes no quieren que la furgoneta del restaurante descargue cosas. Que los vecinos entren o salgan de los parkings. Que los taxis circulen. Los sheriffs de las supermanzanas de las tentaciones quieren que el pueblo sea suyo. Que sólo vivan ellos. Pasen ellos. Respiren ellos. Y sobre todo: nada de vehículos aunque sea legal. Quieren bicicletas, patinetes, moscas con ala delta, o gusanos de seda haciendo alpinismo. La secta la detecta el italiano y los barceloneses que no son de la élite supermanzana.
Las supermanzanas las crearon neocastes barcelonesas para vivir en un simulacro. El show de Truman modo lechuga. Un Alcatraz de color verde. Sólo para ellos. Un diorama de la desesperación. Ahora que la ciudad cae se atrincheran en sus falsos pueblos de su falso Far West. Y no quieren forasteros. Ni italianos, ni catalanes, ni nada. Pero son de izquierdas, ecologistas, acelgas soleadas haciendo la fotosíntesis, defensores de los derechos de los esquimales contra la especulación de la construcción de iglúes por los huesos capitalistas y también expats sin brújula. Y toda esa droga ideológica. Ahora quieren que las supermanzanas sean comunidades amish. Bunkers para evitar la ciudad, el mundo y la galaxia. Y son ellos los que te denuncian con la mirada, el gesto, la palabra.
Son estos independentistas que nunca han salido del Eixample. Esos españolistas que tampoco han salido del Ensanche. Son estos europeos que salieron un día de su ciudad para ocupar otra y viven encerrados aquí regañándonos. Todos son iguales: provincianos. Son náufragos. En unas islas donde la ficción de prados de fosforescente verde pirenaico es el gemido de la verdad, de la pena, la tristeza, del drama. Las supermanzanas son un naufragio. El Titanic. Robinson Crusoe. El aislamiento de los escogidos que se han cargado la ciudad y sus ciudadanos. Es más real el restaurante italiano con italianos reales que ellos. Son dibujos animados. Puchineles que no hacen gracia y que se agarran a su cocotero virtual mientras esnifan cualquier hierba que vive gracias a la contaminación. Esta gente quería una metrópoli, una capital global, y han terminado encerrados en una isla. La ficción son ellos y la realidad está fuera de la isla.