El necesario plan para nuestro turismo de sol y playa
"La burguesía catalana siempre ha casado a sus hijas con vinos de La Rioja", se me lamentaba, hace muchos años, Miquel Torres. Efectivamente, Cataluña producía enormes cantidades de vino, pero de calidad mediocre. Los vinos del Priorat, por ejemplo, se compraban al por mayor para mezclarlos con otros vinos o directamente con gaseosa. La situación ha cambiado de forma espectacular, pero no por casualidad. Ya el primer gobierno Pujol creó un instituto dedicado en exclusiva a mejorar la situación y creó una escuela de viticultura y enología. Después vendrían las cátedras, las denominaciones de origen y los esfuerzos de un enorme número de empresarios, periodistas y restauradores unidos por la voluntad de crear vinos de calidad.
Echando largo, unas 10.000 personas viven del vino en Cataluña, mientras que unas 200.000 viven del turismo. ¿Por qué nunca nos hemos propuesto que nuestro turismo compita en calidad? ¿Por qué nos conformamos con la mediocridad, tanto en la Barceloneta como en Lloret?
Transformar esa realidad requiere tres condiciones.
Primera, conocimiento.
El lunes participé en una jornada organizada por el Colegio de Economistas sobre el turismo. Lo primero que se puso de manifiesto es nuestra ignorancia sobre las características más elementales de ese macrosector. Para empezar, un ponente tuvo que aclarar que el peso del sector no es del 12% del PIB, como se nos repite incansablemente, sino "sólo" de un 6%, que es lo que calcula anualmente el INE (un 6% es mucho menos que el 20% de la industria, pero sin embargo es mucho). También se recordó que hacía pocos días que el Círculo de Economía había publicado un informe basado en la baja productividad del turismo catalán que fue seguido de inmediato por otro de la Cámara de Comercio que concluía –equivocadamente– que esta productividad no es inferior a la media de la economía catalana. ¿Cómo es posible que, a estas alturas de la película, tengamos dudas sobre una cuestión tan elemental? Digo que la Cámara estaba equivocada porque la productividad de un sector es la suma de los salarios que paga, de los beneficios que genera y de los impuestos que soporta, y nuestro turismo paga salarios bajos, soporta impuestos bajos (empezando por un IVA reducido) y, salvo en Barcelona, genera beneficios modestos.
Por último, también se destacó que ignoramos la aportación fiscal que hace el sector, dado que goza del privilegio de los contratos fijos discontinuos, que implican que el erario público se hace cargo de una parte importante de los costes de personal, como si estuvieran en un ERTO perpetuo.
Segunda, voluntad.
Un asistente preguntó cómo es posible que, siendo Cataluña una potencia turística, no tengamos ninguna escuela de nivel internacional. La respuesta es evidente: porque hemos apostado por la cantidad, y nos conformamos con satisfacer el grueso de la demanda con personal eventual.
Tercera, un plan.
Obviamente, transformar un sector para elevarlo de la mediocridad a la excelencia no es fácil, rápido, ni barato. Pero todo parte de unas ideas bastante que el sector debe pasar a compartir. La primera, que el principal defecto estructural del sector de sol y playa es que está dimensionado por una punta que, a lo sumo, es de tres semanas. Reducir esta capacidad implica alargar la temporada alta, estabilizar las plantillas y aumentar los precios durante el verano. De hecho, la razón fundamental por la que el turismo de Barcelona es mucho más productivo que el de sol y playa se debe a que está dimensionado a la demanda de los meses de abril a octubre. La segunda, que no tiene sentido tener que llevar personal inmigrante si después debemos mantenerlo desempleado –pero subvencionado– durante buena parte del año.
Cataluña goza de las condiciones óptimas para construir un turismo de excelencia. Sus atractivos naturales, su posición geográfica y la presencia de Barcelona son una combinación imbatible. ¿Y qué significa un turismo excelente? Entre otras cosas, que pague buenos salarios, soporte impuestos generosos y genere beneficios importantes. En definitiva, que contribuya al bienestar de nuestra sociedad hasta el punto de que de una vez por todas lo dejamos de cuestionar.
El turismo catalán está muy atomizado y, por tanto, no se puede pedir al sector privado que orqueste un plan de reconversión. Ésta es una tarea que debe liderar la Generalitat con la complicidad de los ayuntamientos, que son quienes controlan el urbanismo. Exigirá invertir mucho dinero, pero su retorno será fabuloso en términos económicos sociales y culturales.
¿Qué Gobierno va a tomar este reto?