Netanyahu y los crucificados de cada día
En una reacción infrecuente, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se ha disculpado y ha emitido una condena “con todas las fuerzas”. Pocas horas antes lo había hecho su ministro de Exteriores, admitiendo que el hecho ha sido “grave y vergonzoso”. Y ambos han asegurado que se tomarán medidas disciplinarias “duras” y “estrictas” contra el autor. ¿Qué ha pasado? Pues la foto de un soldado israelí en el sur del Líbano golpeando con un martillo la cabeza de un Jesucristo crucificado, tumbado boca abajo después de ser descolgado de la cruz, una imagen que ha causado el habitual desgarro de vestiduras en las redes.
Esta disculpa tan incondicional también es obscena. Porque, enseñanzas en mano del personaje crucificado, lo que Israel ha hecho en Gaza y ahora en el Líbano –es decir, la muerte de miles de civiles y la destrucción de casas e infraestructuras– no es más que un continuado golpe de martillo en la cabeza del mismo crucificado. En estas condiciones, condenar el ataque a la cruz es un acto de hipocresía. La comparación es sangrante: la agresión al símbolo es atroz, pero el ataque a lo que simboliza, que son los crucificados de cada día, es correcto.
Hace mucho tiempo que el gobierno de Israel ha perdido la brújula moral en su derecho de defensa y se ha lanzado a un “o ahora o nunca”, protegido por un presidente de los Estados Unidos a quien no se le cae la cara de vergüenza porque no sabe lo que es. Netanyahu y Trump, igual que Putin, responden a la descripción de ‛gobiernos depredadores” que ayer propuso Amnistía Internacional. Depredadores de derechos humanos que señalan un camino peligroso, porque si se lo hacen a alguien impunemente es que nos lo pueden hacer a todos el día que les convenga.