Las niñas que no irán de colonias

Me llamo rencorosa, pero hay agravios que se me han clavado en la memoria y no se me quitan ni pasados los años. Con la llegada del mes de junio, esta luz de los días que se alargan, las golondrinas cruzando el cielo y la exaltación del calor que empieza no puedo evitar recordar aquel final de curso de 8º de EGB. Hacía meses que se preparaban las colonias, estas más importantes que todas las que se habían hecho hasta entonces porque cerrarían esta etapa tan importante de nuestras vidas, se acabaría la educación primaria y un poco también la infancia. Había sido un curso efervescente, yo había aprendido y pensado y sentido más que nunca y estaba convencida de que todo era posible. Uno de los problemas de las colonias para las familias era siempre el coste que tenían, pero en nuestra escuela eso lo sabían muy bien y desde antes de Navidad ponían en marcha iniciativas que nos permitieran financiarlas. Una había sido la de vender números de lotería. Yo todavía no sabía si aquel año me dejarían ir o no, pero tenía tantas ganas que pensé que si me esforzaba en cubrir el coste lo acabaría consiguiendo. Seguro que mi tutora y la directora de la escuela acabarían convenciendo a mi padre de dejar que participara en aquella actividad tan extraordinaria y que me hacía una enorme ilusión, como si se tratara de un viaje a la Luna. De manera que me pasé las vacaciones de Navidad en el centro de Vic parando a los que pasaban con aquel acento de la llanura que tenía entonces diciendo: “¿Quiere un número de la lotería?” Me recuerdo así y me cuesta creer que me sobrepusiera a la timidez y me atreviera a hablar con desconocidos como si nada. No tardé en descubrir que tenía mucha maña para aquella nueva actividad. Vendí todo lo que se podía vender, y cubrí los gastos de mis colonias y las de otros. Y sí, estaba segurísima de que con aquel esfuerzo Él (que es como le llamábamos en casa) no me diría que no. Me pasaba el día imaginando cómo sería, qué bien que me lo pasaría, también que estaría cerca del chico que me gustaba, claro. Tenía 14 o 15 años. Saldría del barrio, respiraría un aire bien diferente.

Cuando llegó el momento de volver a la escuela, el impreso de autorización firmado se me cayó el mundo encima: "No, no irás", sentenció Él. Yo era la niña más responsable del mundo, la mejor chica, la más estudiosa y la que en la familia resolvía infinidad de cosas que no son responsabilidad de las niñas, pero la respuesta fue contundente: “No”. La injusticia era aún más flagrante si teníamos en cuenta que yo tenía hermanos que siempre habían podido ir de colonias. Hermanos chicos, quiero decir. Y que, además, tengo un gemelo que entonces era un niño como debían ser los niños, sin tener que cargar sobre los hombros todas las cosas que me adjudicaban siempre a mí (como si yo fuera la mayor cuando lo éramos ambos, pero se ve que ser chica inclina la balanza de las responsabilidades y los deberes, no la de las libertades). De manera que aquella fue la enorme injusticia con la que acabó mi educación básica: yo en casa sin ir de colonias y mi gemelo yendo y pasándoselo de maravilla.

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Recuerdo aquella vivencia ahora que visito escuelas y me encuentro con niñas que se parecen a la niña que fui. Y muchas de ellas me explican que también se quedarán en casa. Y no participan en ninguna de las actividades que se salen de lo que es estrictamente lectivo. Excursiones, colonias, extraescolares, natación o fiestas fuera de horario son cosas que siempre les pasan a las niñas de al lado y no a ellas. Hay quien dirá que lo que importa es que van a la escuela. Pero la educación no es solo una transmisión de contenidos, es convivir, es establecer vínculos, es ocio y disfrutar más allá de las paredes de los centros educativos. Es vivir cosas que no se pueden vivir a ninguna otra edad y arraigar el gozo de vivir para crecer en libertad.