No fallan las urnas, fallan las respuestas

El Reino Unido lleva seis primeros ministros en los últimos diez años. Es decir, desde el fracaso de David Cameron con su derrota en el referéndum del Brexit, el país se ha instalado en una inestabilidad política que ha ido liquidando liderazgos y mayorías. Hoy, el laborista Keir Starmer es un primer ministro profundamente impopular, cuestionado por su propio partido y por el electorado, por no haber estado a la altura ni del liderazgo que reclamaban sus correligionarios ni de las expectativas de mejora del nivel de vida que necesitaban los británicos. Starmer heredó un país fracturado por el Brexit, que nunca se recuperó plenamente de la crisis financiera de 2008, y que hoy se enfrenta nuevamente al riesgo de una recesión por las consecuencias de la guerra de Irán. El 79% de los británicos adultos se declaran preocupados por el aumento del coste de la vida en comparación con el mes anterior, y especialmente por el encarecimiento del precio de los alimentos. En este contexto, la victoria electoral del Reform UK de Nigel Farage en las elecciones locales del 7 de mayo se ha explicado como la victoria del resentimiento, y la prensa británica se ha puesto a analizar la supuesta “ingobernabilidad” del país. Pero la crisis que vive el Reino Unido no es excepcional. Es el retrato de una fragilidad que recorre Europa. El final agónico del macronismo es el ejemplo más claro.

El analista Mark Leonard asegura que el peligro más grande, en esta era de desorden, es que los partidos tradicionales acaben convertidos en los representantes de un statu quo que no funciona. Dice Leonard que “demasiado a menudo intentan luchar contra la extrema derecha simplemente presentándose como adultos que entienden la mecánica de cuestiones e instituciones complicadas, y advirtiendo que los populistas solo quieren hacerlo explotar todo”. No es solo una crisis política, estamos ante una crisis de resultados; de un descontentamiento que se expresa en las urnas y se moviliza por oposición; un malestar explotado por unos y menospreciado por otros. Mientras tanto, la extrema derecha, con contextos diferentes pero un modelo iliberal compartido de nativismo y exclusión, ha ido ocupando espacios electorales y remodelando la agenda europea.

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El año que viene cuatro de los cinco países más grandes de la UE tendrán elecciones generales: Francia, Italia, España y Polonia. El lepenismo encabeza la intención de voto de los franceses. El PSOE aún tenía que hacer lectura de la derrota andaluza cuando le ha estallado el escándalo por la imputación del expresidente Zapatero. En Polonia, los partidos de extrema derecha en la oposición, Ley y Justicia (PiS) y Confederación, han comenzado una campaña de desgaste contra el gobierno Tusk a través de la convocatoria de referéndums locales que, el domingo pasado, infligió un simbólico revés al alcalde liberal de Cracovia, Aleksander Miszalski, de quien exigen la destitución. Por su parte, Giorgia Meloni, que ha conseguido consolidar el segundo gobierno con más años de mandato de la era republicana en Italia y un apoyo estable en las encuestas alrededor del 30%, ha sufrido algunos reveses políticos en las últimas semanas, comenzando por la grieta de su relación con Donald Trump.

La derecha populista continúa siendo una fuerza poderosa en toda Europa, pero –a pesar de resultados y encuestas– hay signos tímidos y desiguales de que las cosas podrían estar cambiando. Como se ha visto en Italia y Hungría, es más fácil hacer campaña contra un sistema roto que arreglarlo. Mientras Reform UK se hace grande desde la oposición, Viktor Orbán ha probado los límites electorales de 16 años de poder y de doblegar las leyes para edificar un sistema a medida de los intereses de su partido, Fidesz. También crece la fragmentación. El descontento con el statu quo está generalizado, pero no se expresa necesariamente en una única dirección. Lo sabe muy bien Jean-Luc Mélenchon, o incluso los partidos tradicionales que consiguieron sobrevivir en las principales ciudades francesas, como París y Marsella, en las últimas elecciones locales.

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El politólogo norteamericano Larry Bartels, autor del libro La democracia se erosiona desde arriba, explica que la verdadera crisis no proviene de un público cada vez más populista, sino de líderes políticos que explotan o gestionan mal las vulnerabilidades crónicas de la democracia. Según Bartels, el problema no es que los europeos confíen menos en sus políticos o en sus Parlamentos que hace dos décadas, ni que tampoco hayan perdido entusiasmo por una integración europea que actúa como red de seguridad en tiempos de turbulencias globales. De hecho, este politólogo, profesor de la Universidad Vanderbilt, asegura que el sentimiento antiinmigración ha disminuido, y que los resultados “modestos” de la derecha populista se explican por diversos factores: por un lado, por el éxito de los líderes, más o menos carismáticos, de estas fuerzas políticas; pero también por los fracasos de los partidos convencionales, y por el ruido y el desorden de un espacio mediático cada vez más polarizado.