Esto no es el Mayo del 68
En París, sobre un panel de conglomerado que trata de proteger el escaparate de un banco de los disturbios recientes, alguien ha escrito con espray negro: “Il fait noir au pays des Lumières”, se hace oscuro en el país de las Luces. El eslogan, adoptado estos días por los manifestantes jóvenes, advierte desde hace unos años que la amenaza de unos tiempos oscuros planea sobre Francia, el país de la Ilustración y de la Revolución, con el acceso, cada vez más probable, de la extrema derecha al poder. Una amenaza que no se limita, desgraciadamente, a Francia, pero que no deberíamos considerar como un hecho inevitable ni, sobre todo, irreversible.
Como sucede después de cada estallido de ira social, todos corremos, con mayor o menor acierto, a buscar sus causas y, a menudo, a establecer sus paralelismos con otros momentos de la historia. La protesta de los lycéens, los estudiantes de bachillerato franceses, no rehúye mirarse en el precedente más ilustre, de modo que la portavoz de la Unión de Estudiantes asegura que el movimiento se inscribe "en la tradición del Mayo del 68". Y aunque los manifestantes lo recalquen con unas pancartas y unos eslóganes que dicen "La generación 6-7 vuelve a hacer el Mayo del 68" y "El octubre de 2026 es el nuevo Mayo del 68", el parangón es quizás ligeramente exagerado y, con toda probabilidad, inexacto.
En todo caso, tal como advertía estos días una tribuna en Le Monde, firmada por el politólogo Boris Gobille, "la diferencia entre el Mayo del 68 y octubre de 2026 es que entonces la atmósfera era roja, mientras que ahora es parda". Así, pronto hará sesenta años que, en un momento de crecimiento económico y en el que los estudios superiores prometían el acceso a puestos de trabajo envidiables, "la esperanza revolucionaria impregnaba partes significativas de la juventud", que protagonizaba una contestación donde se mezclaban la lucha antiimperialista, el rechazo a la sociedad de consumo y el estallido de una nueva moralidad, más libre. El movimiento fracasó, y las elecciones consecutivas las ganó la derecha gaullista, pero el impacto del Mayo del 68 no debe valorarse en términos electorales, sino en los de un cambio cultural y social, profundo y perdurable.
Hoy estamos muy lejos de eso. El ambiente se ha teñido por todas partes de tonalidades ciertamente oscuras, a veces expresadas de forma apocalíptica, que nos llenan de temores de todo tipo: desde la crisis climática hasta la emergencia habitacional, pasando por la famosa IA (las profecías sobre la cual recuerdan a menudo las que en su momento pronosticaban una revuelta de los robots contra los humanos, explotando nuestros temores más irracionales), en un contexto social marcado por la desigualdad creciente, los salarios bajos y la precariedad vital, y en un momento político caracterizado por el ascenso desvergonzado de los demagogos más grotescos y, sin embargo, peligrosos –un auge que se nos presenta como un hecho imparable, convertido en aquellas profecías autocumplidas a las que tanto nos hemos aficionado.
No soy muy partidario de establecer paralelismos con la situación política que permitió el acceso de los nazis al poder en la Alemania de los años treinta. La sociedad actual tiene, afortunadamente, bien poco que ver con aquella. Pero es evidente que, como entonces, el malestar social tiene las raíces en un sistema que excluye y que no ofrece ningún tipo de futuro a partes considerables de la población. Fijémonos en Italia: el periodista Mario Calabresi, que acaba de anunciar que encabezará la candidatura del centroizquierda a la alcaldía de Milán (una ciudad con bastantes similitudes con Barcelona), recurre también a la metáfora de la claridad y la oscuridad, cuando dice que en la capital de Lombardía hay "dos ciudades": "Una resplandeciente, como un escaparate, y la otra que siente que no la ven, con menos luz. Esta es una fractura que hay que sanar, porque si no alguien romperá este escaparate”. Y eso es justamente lo que ha pasado estos días (también en Barcelona, el sábado pasado, con un componente mimético y quién sabe si manipulado, pero que traduce una realidad de exclusión), cuando chicos de la periferia milanesa se han rebelado con violencia porque “sienten que el centro de la ciudad es una tienda donde ellos no pueden entrar”. Es difícil no estar de acuerdo con el alcaldable milanés cuando concluye que “hay que reconstruir una comunidad y una ciudadanía”.
Aunque a veces parezcamos olvidarlo, construir un futuro en el que las luces se impongan a la oscuridad está en nuestras manos, como muestran los estudiantes que protestan por las calles de toda Francia, pero también de Atenas o de Milán. Así, contraponer la educación a “la complicidad de los fatalismos” es ahora más necesario que nunca. Sabiendo, eso sí, que habrá que repensar muchas cosas de nuestro presente, y también que quizás el futuro no será exactamente como lo imaginábamos las generaciones anteriores. Lo ha dicho, con la lucidez característica de los artistas, el veterano Francesc Torres, que ha titulado su exposición barcelonesa de este otoño con un aforismo exacto: "El futuro ya no es lo que era".