Nostalgia de las mujeres sabias
¿Existe alguna hierba medicinal que nos cure del olvido? "Todos podemos encontrar nuestra flor, no la tenemos tan lejos, seguramente la tenemos muy adentro, escondida", dice Eloi Aymerich, director y productor del cortometraje de ficción Flor del cel, filmado en el perdido valle de la Vansa (Alt Urgell), en la ladera sur del Cadí. Desde que en 1991 se rodó Solitud en la ladera norte de esta cordillera –de Romà Guardiet, a partir de la novela de Víctor Català–, no se había hecho ninguna otra filmación profesional. La Cataluña rural vacía vive abandonada y tranquila, ambas cosas. Una delicada convivencia.
El corto de Aymerich, con Carme Sansa de coprotagonista (curiosamente, también tenía un papel en aquella Solitud), reivindica la memoria de las mujeres de montaña, de los frágiles matriarcados de los que venimos. Carme encarna una síntesis poética de trementinaire y bruja, de mujer libre, sabia, salvaje. Ahora diríamos empoderada. Si hoy aún es difícil, imaginad hace un siglo en un entorno de payés. En el corto, es ella quien transmite sus saberes medicinales a Joana, una niña pequeña (la actriz es la genial Ona Pérez; oiremos hablar de ella) que ve cómo su hermanito, un bebé, está gravemente enfermo. Para curarlo, sin hacer caso del padre, busca la ayuda de la trementinaire con la esperanza de que la flor del cielo salve al niño.
Las imágenes fueron grabadas el pasado y gélido noviembre. El paisaje otoñal de la Vansa, con sus silencios ventosos y neblinosos, con el aguanieve cayendo sobre el grito desesperado de Joana, con la trementinaire andando por pedreras, crestas y cimas en busca de la flor milagrosa, es mucho más que un decorado de fondo: es el alma del lugar y de la película. Diecinueve minutos de una intensa sencillez, con alguna licencia espacial, como hacer aparecer el imponente Pedraforca, que pertenece al vecino parque natural del Cadí-Moixeró.
Las casas de payés que aparecen son la del cal Quelo Vell, abandonada, y la de cal Pere Baixa, ambas en el núcleo de la Barceloneta. También se ha grabado alguna escena en el núcleo de Sisquer. Lugares, todos ellos, recónditos, evocadores de tiempos inmemoriales, cuando las horas transcurrían a otro ritmo y tanto la vida como la muerte tenían una lenta densidad atávica. Hoy nos cuesta imaginarlo. Flor del cel busca esta conexión con un pasado inalcanzable. Busca lo imposible. Lo hace también con la voz y el acordeón del emblemático y nonagenario Artur Blasco, que interpreta una canción compuesta por Arnau Aymerich, hermano del director.
Con un modesto presupuesto de 70.000 euros (6.000 de los cuales reunidos con la microfinanciación de 147 aportaciones), Aymerich, hasta ahora especializado en documentales, ha sacado adelante su primer corto de ficción con la productora propia, la cooperativa mataronina Clack. Su vínculo con el valle proviene de los añorados veranos de infancia. Ha contado con apoyos muy diversos de los ayuntamientos de la zona, el Consell Comarcal, el Parque Natural y otras instituciones y entidades. Y de muchos particulares. La Cataluña de montaña sumando fuerzas y haciendo comunidad.
Entre los colaboradores, Lina Sevillano, alma del Museo de las Trementinarias de Tuixent, que hace 27 años que abrió al público y donde se puede escuchar el testimonio filmado de la última mujer que iba por el mundo vendiendo hierbas, la Sofía Montaner de Ossera: "Me estimo más ser pájaro de bosque que de jaula". Un grito de libertad que entronca con el relevo que recoge Joana en el cortometraje: "Joana, yo soy tú y tú eres yo, y siempre será así", le dice la trementinaire a la niña.
La flor del cielo no existe. Está inspirada en la alpina flor de nieve o Edelweiss y en la leyenda que va asociada: representa el coraje, los sueños y el amor eterno. En la película, el ejemplar que se ha utilizado es una flor seca originaria del Cáucaso: es esta la que vuela de manos de Carme Sansa a Ona Pérez para que la fuerza de la naturaleza y el poder de las mujeres sabias se abran camino. Para no olvidar.