En órbita
Acostumbrados a asociar el adjetivo orbital a la astronáutica, que a partir de ahora lo lleve una línea de tren la hace un poco pretenciosa y cargada de bombo, como si los firmantes del acuerdo necesitaran hacernos notar que es una línea *premium* y no una de desgraciada, como las otras.
No tocaremos las estrellas, pero ponemos los pies en la tierra, y un tren del Maresme a Garraf, pasando por losvallesos, el Baix Llobregat y el Penedès, hará un necesario servicio a la (im)movilidad diaria del área metropolitana de Barcelona. Es verdad que no estará acabado hasta dentro de quince años (si España quiere), pero no vale la pena quejarse cuando no planificamos y quejarse cuando tenemos un proyecto a largo plazo.
El problema político, pues, no es el qué, sino el quién; es decir, la nula, culpable y sangrante credibilidad del Estado en Cataluña en materia de inversiones de obra pública, sobre todo ferroviaria. Y también es el cómo: que un tren que ha salido del cajón donde se ha estado cubriendo de polvo durante dos décadas sea el cohete lanzado al cielo para celebrar un acuerdo de presupuestos que estaba descontado pero que necesitaba un lazo, tampoco ayuda.
El problema es de escala: la nueva financiación, como el tren orbital o el control de la Zona Franca por las administraciones catalanas, son peces de diferentes tamaños pero peces en el cesto, al fin y al cabo. Y los problemas de Cataluña en materia de financiación, de modelo económico o de integración son demasiado grandes para ser resueltos con la vieja fórmula de agarra-y-huye. Esto lo ve todo el mundo. Las razones materiales que llevaron a más de dos millones de catalanes a moverse por la independencia continúan bien vigentes. Así, difícilmente pondremos nunca el país en órbita.