OTAN no, bases fuera
Una de las primeras veces que pude votar fue en el referendo sobre la OTAN, en 1986. Breve sinopsis para los más jóvenes: España ingresó en la Alianza Atlántica en 1981, por impulso del gobierno agónico de Calvo-Sotelo. Fue una de tantas facturas pagadas a los militares y en la caverna española tras el fracaso a medias del 23-F. Felipe González prometió que sometería la cuestión a referendo en caso de llegar a la Moncloa. La izquierda catalana y española tenían cierto sesgo antiamericano y antimilitarista, hijo de la historia reciente del país: para Europa occidental, los americanos eran los que habían acabado con Hitler, pero en España eran los que habían protegido a Franco a cambio de la instalación de bases militares. Las encuestas decían que, en caso de votación, se impondría el rechazo a la OTAN. En 1982, el PSOE ganó con mayoría absoluta, iniciando un rápido viraje hacia el atlantismo porque –según nos decían– sin OTAN no habría ingreso en la Unión Europea. Cuando finalmente González, arrastrando los pies, convocó el referendo, el PSOE defendió el voto afirmativo. La permanencia en la OTAN se impuso de forma ajustada en toda España, aunque en Cataluña ganó el no, como en Euskadi y Navarra (the same old map). Yo tenía veinte años y me sentía hervir la sangre, como cantaba Serrat, y pensaba que se había perdido una gran oportunidad para hacer la puñeta al presidente Reagan, que era un milhombres, y resquebrajar la política de blogs.
El mes de marzo cumplirá 40 años de ese episodio. Rusia sigue siendo una amenaza, pero quizá no sea la principal ni, sin duda, la más cercana; las tiendas están llenas de productos made in China (en los ochenta eran made in Japan), en Estados Unidos gobierna un personaje megalómano y ridículo, junto al que Reagan era un estadista. Y las grandes potencias económicas y militares –EE.UU., Rusia, China– sólo parecen estar de acuerdo en algo: Europa ya no cuenta, Europa es un estorbo, Europa es woke y buenista y decadente. Los europeos hemos contribuido a esta minorización por el gran pecado del nacionalismo, que contra lo que pueda parecer no es algo de catalanes, flamencos o escoceses, sino de los estados nación que se niegan a actuar con una sola voz ya dotarse de una gobernanza unitaria y democrática. Europa sigue siendo depositaria de unos valores dignos de ser defendidos. Pero los europeos hemos vivido demasiado bien dejando que la defensa y la diplomacia nos las dicte Washington.
La administración Trump ha pasado de despreciar a Europa a romper, de facto, una alianza basada en los intereses geoestratégicos, primero, y en los valores de la democracia y el libre mercado, después. La cuestión de Groenlandia puede rubricar la muerte de la OTAN, porque Trump está convencido de que ninguna potencia europea cumplirá con su primera obligación: proteger el territorio de los países miembros ante cualquier amenaza de invasión. Quizás porque pensaban que esta amenaza vendría del este, y no del oeste.
Si en 1986 me repugnaba que mi país fuera aliado de Reagan, con mayor razón me repele que Europa sea un apéndice amorfo del trumpismo. Por tanto, daría por bien enterrada la OTAN si de una puñetera vez Europa se diera cuenta de que debe dar un paso adelante hacia la unidad política. Pero me temo que soy tan iluso como lo era en 1986. No estamos en la época de Mitterrand o de Merkel, no hay fuertes liderazgos, y los que están emergiendo están teñidos de odio y egoísmo por el influjo de la extrema derecha. Ojalá la psicopatía de Trump ayude a dejar sin argumentos esos populismos que, desde dentro de Europa, amenazan con carcomer sus fundamentos políticos y morales, porque de lo contrario no nos mereceremos más que ser unos títeres dentro del nuevo orden mundial.