'Overbooking'
He vivido estos días una experiencia extraña, y todavía me dura la perplejidad. Sé que mucha gente —quizás algunos que ahora me leéis— la habéis vivido y, como yo, la habéis aceptado con una resignación que te deja un regusto amargo en la boca.
El domingo 3 de mayo tenía que coger un vuelo a Florencia de la compañía Vueling para volver a Barcelona. A una docena de personas se nos comunicó —como quien anuncia que llueve— que al mediodía se había cancelado un vuelo y que esto provocaba que hubiera overbooking. Esta es una palabra odiosa que todos tememos cuando pisamos un aeropuerto.
Resignadamente, las personas afectadas pasamos la seguridad del aeropuerto y, en la misma puerta donde embarcaban los viajeros hacia Barcelona, se nos informó que nosotros no éramos entre los afortunados. Vi caras de preocupación o de desconcierto, pero no grandes enfados. Todos, disciplinadamente, siguieron a una chica que nos volvió a conducir delante del mostrador de Vueling. Esperamos allí una larga, larga rato sin que nadie nos dijera ni mu, y entonces apareció una trabajadora del aeropuerto para indicarnos, con un tono de voz y una expresión imperturbable, que la compañía nos pagaría el hotel y las comidas para esperar el vuelo que sí nos llevaría a casa. ¿Cuándo? El martes, día 5, a las diez de la noche. Más de cuarenta y ocho horas después. Muestras de incredulidad y de indignación —ahora sí—: todos tienen que trabajar, hay quienes tienen niños pequeños, una mujer tiene cita en el hospital para que le quiten unos puntos...
La chica de mirada inexpresiva asiente con la cabeza —el máximo gesto de empatía que recibimos— y reitera que “esto es cosa de Vueling; si no están de acuerdo, contacten con la compañía”. Advierte que, si no aceptamos su propuesta y buscamos maneras alternativas de volver a casa, renunciamos a cualquier compensación económica.
Vuelvo a la perplejidad del comienzo: ¿cómo puede ser que la ley permita cometer este abuso a las compañías aéreas? ¿Cómo puede ser que nosotros, los ciudadanos-consumidores, lo aceptemos con esta resignación?
Además de la rabia y las gestiones pertinentes, las cuarenta y ocho horas de prórroga en Florencia me permiten visitar una gran librería para buscar lectura en catalán —imposible— o en castellano. Un pequeño estante me ofrece libros de Ruiz Zafón, Pérez-Reverte y Albert Espinosa. También hay obras de Carmen Martín Gaite que ya he leído. Finalmente, compro una edición de bolsillo de Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa. La novela arranca en el año 1923 y explica las peripecias de una joven maestra de escuela rural que vive esperanzada la proclamación de la República, confiada en que su país vivirá una transformación que permitirá, también a través de la enseñanza, sacar a la gente de la pobreza y la ignorancia. Ya sabemos cómo acaba esta historia.
En el hotel donde pasamos estos dos días, nos comentan que reciben pasajeros de Vueling afectados por situaciones similares prácticamente cada semana. No hemos vivido, por tanto, una situación excepcional.
Si esta es la táctica de alguna mente maquiavélica para que dejemos de volar, diré que, en mi caso, casi me han convencido.