La palabra del día
La madre del estudiante de magisterio le obliga de vez en cuando a echar un vistazo al diario, sobre todo si trae noticias sobre su futura profesión. “¡Toma, lee!”, le dice esta mañana. Y le da el teléfono móvil con la noticia de ARA. Se espera detrás de él, porque si se la enviara al whatsapp sabe que no la miraría. El texto dice que los docentes “han exhibido pancartas y han coreado consignas contra el preacuerdo, que califican de parche porque, aseguran, se centra principalmente en aspectos retributivos pero no aborda las problemáticas que afectan al día a día de los centros educativos”.
El estudiante deja el móvil en la mesa y dice “Ya está”, como si fuera un alumno. “¿Y bien?”, pregunta la madre. “¿Y bien, qué?”, dice él. “¿Qué opinas, qué harías tú?”, se exaspera la madre. “Es que la noticia no se entiende”, resopla el chico. “¿Qué quieres decir que no se entiende?”, se enfada la madre. Y él se encoge de hombros y lo repete: “¡Que no se entiende!” Acto seguido coge su móvil, que había dejado en la mesa, y mira las novedades. La madre mueve la cabeza: “Dime lo que no se entiende, aunque quizá deberías decir que no lo entiendes tú”. Él, entonces, señala con el dedo una palabra: parche.
La madre mira al suelo. No entiende parche. Y no entiende parche, porque su generación no remienda. Había llevado parches en las rodillas, pero falsos, claro, cuando estaban de moda. ¿En castellano lo entendería? ¿Parche? Quizás sí. ¿Y entendería que es una figura literaria? Eso quizá no, porque, claro, no ha llevado nunca un parche de verdad, de los que tapan los agujeros de la ropa cuando son demasiado grandes para ser zurcidos. Tampoco ha leído ninguna novela de Folch y Torres o Dickens (no sabe quiénes son, han nacido antes que él) donde salgan chicos y chicas remendados por todas partes. Alza los ojos para explicárselo, pero ya no está. Debe de estar en el sofá de acogida.