Más paletas, menos Guardiolas
El otro día en un pueblo un hombre se cayó. Estaba eligiendo la gallina en el piso de arriba de la granja. ¡Pof! Buffet libre de costillas rotas. Toda la vida trabajando, toda la vida amando la tierra… Y se ha caído al suelo al final de su vida. Ya es mayor y detrás de él no viene nadie. Hay un dolor… Sus costillas rotas son nuestro mal. Un mundo, unas personas, se van marchando. Sin decir adiós. Jugando el último partido en un campo de juego obligado de cama horizontal.
No se quieren ver estos partidos de la realidad. Hay gente que solo quiere ver en 3HD Dolby Surround a Guardiola marchándose del Manchester. Antes del Barça, o mañana del Puerto Hurraco Football Club. Quieren idealismo y no quieren realismo. Guardiola nos salvará a todos. Guardiola, Gaudí, Rodoreda, Jaime I… Quieren ser ellos. De Guardiola solo hay uno. No se puede clonar. Pero quieren ser él y que sea la solución a todos sus problemas. Y sobre todo los del país. Amén.
Hay sectas Guardiola. Iglesias, religiones, dogmas de fe... Oraciones multitudinarias gritando despavoridas: “Si Guardiola mandara todo iría bien. Cataluña sería independiente. Cataluña habría llegado a Mercurio y ataríamos a los selenitas con longanizas…” Quieren que Guardiola sea una sinécdoque del país. La parte explica el todo. Pero una pierna no puede explicar todo el cuerpo. Barrio Sésamo. Rojo, verde. Fuera, dentro. Guardiola está fuera, pero claro, los Guardioles los tenemos dentro. Yonquis 24 horas que se hacen pasar por quienes no son, ni serán nunca, ni, sobre todo, harán nunca. Creen que pueden ir a una tienda y pedir: “Deme doscientos gramos de Guardiola”. Y después se sentarán espatarrados en el sofá creyendo que la droga placebo transformará la realidad 360 grados. A cucharadas de bol de helado Guardiola. Inhalan que esto les hará excelentes jugadores, entrenadores, padres, personas… Pero les inflará la barriga y les secará la mollera. No hay transfusión ni de sangre, ni neuronal. Demostrado científicamente.
La realidad solo se puede transformar desde la radical proximidad. Sin raíz no hay frutos. Esto lo sabe Guardiola, pero no lo quieren saber los Guardioles. El país se juega en el terreno de juego de la realidad. El país debe ser un es a cada minuto, no un debería ser antes o después del partido. El país no es una final de Liga, Champions, o una Copa de Anís ocasional, única, irrepetible. La final es cada día. Catalunya no puede ser permanentemente una hipótesis: debe ser un hecho. Sobran amateurs sintéticos, aficionados de PVC, soñadores de tortillas y sueña-cualquier-cosa-no-comestible, utópicos tragaperras, triunfalistas ludópatas, tragicómicos de fin de semana o de puente de tres días, farsantes, simuladores, impostores… Hay demasiados no futbolistas que dicen ser futbolistas. Teóricos que se disfrazan con camisetas caras, inmaculadas, empapados de colonia gritando que es sudor de césped profesional. Faltan los jugadores reales: albañiles campesinos, fontaneros, antenistas, contorsionistas, funambulistas… Por eso el idealismo mata Catalunya y la hace perder. Una vuelta no se aguanta sin columnas. El país lo soportan los que caen del piso de arriba de la granja removiendo gallinaza. Y tantas personas que parece que no existen a pesar de existir. A pesar de jugar cada día el partido más difícil que hay: el de la vida. Tenemos el mejor equipo: las personas reales y elegimos las personas ideales. Así nunca se puede ganar. Sin tocar de pies y corazón a (la) tierra.