Partidos políticos contra ciudadanía: un fracaso sistémico

La convocatoria anticipada de elecciones al Parlament de Catalunya a consecuencia del rechazo a la propuesta de presupuestos presentada por el actual gobierno de la Generalitat –más exactamente la aprobación de las enmiendas a la totalidad– nos sitúa ante un escenario bastante desconocido. No se puede decir que lo sea por completo porque la Generalitat ha sufrido unos cuantos presupuestos prorrogados en los últimos años, muestra de la dificultad de obtener los apoyos necesarios.

En general, aprobar presupuestos es señal de buen gobierno y de mayorías parlamentarias, lo que significa diálogo y consenso en las políticas públicas. Hay varias causas para no aprobar unos presupuestos. Por un lado, que las elecciones se produzcan en fechas que, combinadas con la duración de la negociación de mayorías parlamentarias, hagan imposible su ejecución. Por el otro, hay presupuestos que pueden ser tan contractivos que nadie tiene ganas de aprobarlos y se ve políticamente menos dolorosa la alternativa de prorrogarlos. Es más raro no poder aprobar presupuestos expansivos. Todo gobierno está orgulloso y satisfecho de poder presentar y aprobar presupuestos de este tipo y tiene mayor margen de negociación parlamentaria. Es necesario tener buenos motivos para no querer llegar a un acuerdo.

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Los analistas han diagnosticado algunos motivos para explicar lo ocurrido el miércoles en el Parlament de Catalunya. Puede que los comuns quisieran dejar muy clara su diferencia con ERC y con el PSC –marcar perfil– fijando una condición inasumible por parte de ERC y el PSC pero muy apreciada por sus electores. Puede que Junts quisiera hacer exactamente lo mismo, fijando una condición inasumible para ERC, pero apreciada por sus electores. Puede que el PSC hubiera fijado condiciones que supiese que eran inasumibles por los comuns para forzar la convocatoria anticipada de elecciones, que esperan ganar. Y podría ser que ERC hubiera pilotado toda la negociación con la convicción de que u obtenía la aprobación o le salía más a cuenta ir a elecciones. En líneas generales, todos los partidos que han estado implicados en las negociaciones presupuestarias pensaban que el horizonte electoral era probable y que podría beneficiarles. Si el gobierno de ERC no ha cedido es porque también lo pensaba.

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¿Y la ciudadanía? ¿Qué piensa la ciudadanía (el electorado)? Por supuesto que o no entiende nada o cree que le toman el pelo. ¿Merecían los presupuestos ser tumbados? Por supuesto que no. Eran, por volumen de gasto y por idoneidad del gasto, los mejores de hacía años, y aprovechaban el último soplo de flexibilidad fiscal. Los que vengan difícilmente serán mejores, y durante el año presupuestario 2024 no se podrá disfrutar del incremento de gasto que beneficiaba a muchos programas positivos desde casi todos los puntos de vista –con toda seguridad desde el punto de vista de los votantes de los partidos implicados en la negociación–. Si ERC ha decidido ir a elecciones es porque cree que va a ganar o que perdería más si negociara. Lo mismo ocurre con los demás. Todos los partidos implicados culpabilizarán del fracaso de la tramitación de los presupuestos a otro. Pero la ciudadanía puede estar irritada y quizá sea más abstencionista de lo habitual.

¿Y los recursos que se pierden? Normalmente, es lo que más interesa a la ciudadanía y que justifica la labor de los partidos: distribuir los recursos que hemos pagado entre todos siguiendo un criterio de mayorías. ¿Interesa a los partidos políticos que han hecho descarrilar los presupuestos? Obviamente, les interesa menos que cultivar su perfil de cara a unas elecciones. ¿Qué van a ganar? ¿Qué van a perder? Unos escaños, ser la primera minoría, apostar por formar gobierno, poder ser decisivos en la formación de gobierno y en la decisión de políticas... Todo ello para administrar recursos públicos en provecho propio y, se supone, de sus electores y de toda la ciudadanía. En un plato de la balanza está el interés de partido y en el otro el interés colectivo. Hagamos el cálculo como lo hagamos, el volumen de recursos de interés colectivo sacrificados o malgastados supera en muchas ocasiones los recursos de interés partidista.

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Esta es exactamente la situación que alimenta a los partidos antisistema. El espectáculo al que hemos asistido da razones a los antipolíticos de todo tipo, extremistas de derecha, centro e izquierda. Dado que el espectáculo se repite con frecuencia, la tentación de convertirse en antisistema y antipolítico es alta, ya que la política sale cara (desperdicia recursos públicos) y, como puede verse, nos empobrece a todos.

Un panorama complicado. ¿Nuestros representantes políticos piensan en los ciudadanos? ¿Qué fuerzas políticas pueden sacar provecho de esta duda? No quiero ni pensarlo. La vida no nos la complican siempre desde fuera. No hay que olvidar la alegría que habrán tenido el ministerio de Hacienda y el Banco de España.