La partitura incompleta
Sé cómo comportarme. Pongamos, por ejemplo, que voy al Teatro Nacional de Cataluña. Conozco el protocolo tácitamente coreografiado y puedo cumplirlo al pie de la letra. Sé qué versión de mí es bienvenida, cuál encaja y no incomoda, sé qué identidad performar para ser leída: un poco negra pero sin pasarme, un poco llamativa pero sin pasarme, debo ser aquella nota que da cierto giro, ligerísimo, a la partitura general. Todo lo demás queda fuera de foco. Nadie me lo ha pedido explícitamente, pero he entendido que la alteridad no tiene lugar.Llevo 22 años en este país, tengo el nivel C de catalán, casi el cien por cien de mi red afectiva es catalana, tengo un hijo catalán... pero todavía soy percibida como una persona migrante. Me siguen hablando en castellano y me felicitan por mi acento tan "bonito". Pero no pasa nada, esto lo puedo gestionar. La parte compleja llega en el plano profesional: mi lugar, perenne, parece ser el margen. Este lugar donde me coloca el sistema no proviene de exclusiones personales perpetradas por agentes individuales, sino que es la estructura. Y, valga aquí el mea culpa, se trata también de una ambigüedad que no es casual, sino una estrategia de supervivencia.De alguna manera, este "estar donde me pueden leer" que a veces performo es lo que W.E.B. Du Bois definía como la doble conciencia. Las personas migrantes nos miramos siempre a través de los ojos de los otros, que son, como masa lectora de alteridades aceptables, quienes miden el valor de nuestra presencia. Somos miradas bajo un catálogo de opciones que van de la curiosidad a la condescendencia. El desdoblamiento es, sin duda, agotador: soy yo pero también soy la versión que quien mira necesita para sentirse diverso sin sentirse cuestionado. Interpreto mi propia identidad.
¿Lo bajamos a tierra? Vamos... Lo que quiero decir es que, desde mi posición moderadamente privilegiada (¡me dedico al arte, incluso soy columnista de un diario!), veo perfectamente que hay límites tácitos. Pongo un ejemplo: una directora escénica catalana y caucásica tiene que hacerse sitio a codazos para conseguir un espacio en el panorama teatral. Pero una vez consigue cierto espacio, te la encontrarás ahora dirigiendo una tragedia griega, ahora una pieza posmoderna, ahora un clásico contemporáneo del realismo anglosajón. Se da por hecho que si sabe hacer su trabajo, lo hará con el reto que le pongan delante. En mi caso, se espera que lidere cierto tipo de proyectos, y la exigencia ha sido tan eficiente que son estos los proyectos que acostumbro a liderar. Pero un Santiago Rusiñol... ¿qué? ¿Tú? Ni hablar, este rincón de la identidad catalana nunca podrá estar en manos de una neocatalana.Habitar aquel margen tiene un cierto regusto amargo, la verdad; a veces es condena y frontera, aquella que Gloria Anzaldúa define cuando dos culturas o más se rozan y crean un no-lugar, un borderland que es el único lugar posible donde puedo habitar al no encajar plenamente en la narrativa oficial de lo que significa ser catalana. Entonces, cuando estoy en un estreno, en una sala, en un acto institucional, no estoy del todo invitada como "parte de", sino que es un acto de nepantla, palabra náhuatl que significa "tierra de en medio" y que habla no solo de un espacio físico sino de un estado emocional, psicológico y político. Si habitar un no-lugar –el "no soy de aquí ni soy de allá" que cantaba Chavela Vargas– es como estar en una sala de espera, la nepantla es estar ahí sentada, en aquella sala, con la puerta por donde has entrado cerrada, y la puerta hacia donde vas... cerrada.Ahora, debe ser la edad, pero llevo un tiempo habitando esta especie de limbo con una cierta ilusión. Bueno, ilusión no es la palabra. Llevo un tiempo observando ambas realidades con una cierta curiosidad, siendo una especie de quimera salida de un bestiario medieval, un híbrido que camina por las salas de teatro desafiando la taxonomía y que se pregunta –cada día– si el esfuerzo vale la pena. Sí, supongo que también debe ser la edad, pero vivir desde la resistencia es tremendamente incómodo: te sientes desfasada, fragmentada y sola.
Lanzó, pues, la pregunta: ¿qué hace la cultura catalana con este espacio intermedio?Llevo tiempo diciendo que nos estamos diversificando por encima de nuestras deconstrucciones, y lo que quiero decir con esto es que poner caras de fenotipos diferentes en el escenario o en las pantallas puede ser un acto estético vacío si se practica con impunidad y frivolidad. Integrar imaginarios, fenotipos y diversidades no es un acto amable ni de buena voluntad, sino una redistribución de poder. Y he aquí la madre del cordero: quien tiene poder no quiere ninguna redistribución del poder.No basta con esparcir caras de gente diversa en la cartelera; no se trata solo de añadir nuevas historias, sino de repensar quién escribe aquello que vemos en el escenario, quién programa, quién legitima, quién califica, quién construye imaginario. Y, además, me pregunto: ¿bajo qué condiciones se acepta aquel nuevo relato que cuestiona, acompaña o matiza la idea de catalanidad? La población migrante, migrada, racializada, diversa... ¿puede transformar el relato o solo sumarse a él?Será la edad, aquí también, pero ahora veo las costuras del sistema. Y es agotador vivir en este estado de transición y caos del que habla Anzaldúa. No soy una nota para hacer la armonía estructural menos plana, soy la evidencia de que todavía no hemos aprendido a escribir partituras donde quienes habitamos este borderland podamos llevar nuestro silencio, nuestro ruido y nuestra verdad. Así pues, lo siento, pero sin nosotros la partitura es incompleta.