Los marcos ideológicos de la derecha xenófoba se abren camino en el mainstream político. No tanto por el crecimiento de Aliança Catalana como por la manera en que su discurso está contaminando el resto del mapa de partidos. Esto no deja de ser una victoria moral para la extrema derecha, pero también quiere decir que los partidos han decidido no darle la espalda a una cuestión que la gente considera importante, como es la gestión de la inmigración. Y lo hacen edulcorando los postulados más agresivos del partido de Sílvia Orriols.Es un proceso similar (con perdón por la comparación) a lo que las izquierdas han hecho con el ecologismo, que antes era una causa ridiculizada y tildada de hippie, hasta que la ciencia hizo darse cuenta a todo el mundo de que se trataba de una cuestión de primordial importancia. La victoria póstuma de los partidos verdes no fue su hegemonía, sino la asunción de su ideario por la izquierda –y parte de la derecha– en todo Occidente.No creo que Alianza Catalana conquiste el carril central del catalanismo, pero sí que una parte de su ideario, que en gran parte es racista y feixistoide, se integrará en el corpus ideológico de la derecha democrática (con un formato aceptable para sus votantes) y, finalmente, quizás, por la izquierda. El primer paso ha sido aceptar que la inmigración es un problema, un reto que conviene presentar como una cuestión socioeconómica y no en términos culturales o morales. Así se digiere mejor.El debate ahora no es sobre razas o culturas, sino sobre el modelo económico: el crecimiento desmesurado y el estrés de los servicios públicos. En estas cuestiones, la conclusión a la que llegan los economistas (como los firmantes delInforme Fénix) es que Cataluña depende excesivamente del turismo, que gentrifica y satura el territorio, y además fomenta la importación masiva de mano de obra barata, que no ayuda a sostener el estado del bienestar. La inmigración, pues, solo es un bien para una parte del tejido productivo catalán (no solo el turismo, también la industria agroalimentaria), que la explota y la malpaga a cambio de colapsar los servicios públicos. Este planteamiento, que obvia colores de piel, religiones y burkas, hace que el debate demográfico sea más asumible por las fuerzas mayoritarias.Pero el debate migratorio no solo se abre camino a través de la tecnificación. La cuestión identitaria revive. Como cualquier nación pequeña, los catalanes temen su disolución, el sacrificio de su cultura en el altar de la globalización. Al mismo tiempo, cierto progresismo, mientras condena el racismo y la aporofobia, arremete contra los turistas, los expats, las mafias que se esconden tras el enjambre de supermercados y tiendas de souvenirs, y los fondos buitre, que “merecen” nuestro rechazo porque están en una posición de fuerza respecto de los vecinos indefensos que han de abandonar su barrio, el comercio tradicional que baja la persiana, el catalán que desaparece de las calles. Es un tipo de xenofobia progresista, tolerable, donde el débil ya no es el que llega sino el que acoge.El problema es que, aunque señalemos un enemigo diferente, la batalla se parece mucho a la que defiende la extrema derecha (primero los de casa, rechazo a la diversidad, defensa de los valores occidentales y la cultura autóctona). Estamos abriendo una brecha por la cual se pueden infiltrar ideas tóxicas. Sin olvidar que los males del modelo productivo catalán no solo son culpa de los forasteros; lo son, sobre todo, de los autóctonos que los explotan.En este panorama, debemos asegurarnos de que esta reconversión ideológica sirva a un buen fin (desarmar a la extrema derecha y afrontar con valentía un debate real) y no dé cobertura moral al racismo. Por ello, es muy importante acotar el debate y ponerlo en manos de gente sabia y vacunada contra los prejuicios étnicos.