El hombre, que va con camiseta imperio y pantalones cortos, empuja la silla de ruedas con un gesto medio avergonzado, medio contrariado. Queriendo y sin querer, hace un movimiento brusco para subirla a la acera. La mujer que va sentada, en bata de verano, que lleva una barra de pan (de esas de horno que no tiene obrador) en el regazo, se sobresalta, como un pez en la sartén, del sacudón. Su gesto es voluntariamente exagerado. Las dos manos las tiene torcidas. No las puede usar. Las lleva delante de los pechos, simétricas, como si fuera un perro de dibujos animados. Tiene los ojos tan tristes que nadie puede aguantarle la mirada sin apretar la boca como una tortuga.
“¡Eh, Joan!”, dice otro hombre, desde la terraza del bar por donde pasan. Él se detiene. Desde detrás de la silla hace una mueca, que viene a decir: “Mira, chico, cómo me tengo que ver”. La mujer no saluda, solo se mira las manos. “¡Siéntate y tómate un café!”, le propone el otro hombre. “¡No puedo!”, dice él. Y sin respirar, añade: “Si ahora... Tal como estamos, tengo que ir a hacer la comida, dársela, fregar los platos...!” El otro asiente con la cabeza, ya lo entiende. Se ve que la mujer se cayó de una escalera, mientras podaba un rosal (esta afición de las jubiladas de subirse a todas partes), y tiene para tres meses de no mover las manos y de ir en silla de ruedas. “Yo ya lo hago todo, friego... Y lo que no explico. ¡Pero es que ella nunca tiene suficiente y me mira mientras lo hago!”, se exclama, como si la mujer no estuviera. “Hoy, esta... —y con la cabeza, la señala— me dice que si le puedo regar las plantas”. Ella, al oírlo, clava los ojos, medio anegados, en el horizonte. “¡Y cuando le he dicho que no, se ha puesto a llorar, coño! Ya he fregado la escalera, ya le he puesto la comida en la boca, ya le seco el culo, ¿eh? ¡Yo no entiendo de plantas! ¡Solo me falta eso! ¡Regar!” Y da un golpe al respaldo de la silla. Ella acaricia la rama de una fotinia, en una maceta al lado de la acera, como puede, con las manos. Se mira al hombre del bar. “Si no me ayuda alguien, se morirán de sed, pobrecitas”, le dice. “Algunas ya están mustias”. Y se mira al hombre, por si el hombre dijera que ya los acompaña, que ya las regará él, que es un momento. Pero el hombre apura de un trago el café y no dice nada.