Es sabido que en esta vida todos somos turistas. Por algo estamos de paso. En la actualidad veo, sin embargo, una cantidad excesiva de gente que va y vuelve, y que quizás lo hacen sin saber la razón por la cual de entrada se habían marchado. Lo observo en las Islas. Un consumo turístico excesivo, también local, es decir, también de los baleares que sirven la demanda de tantos visitantes foráneos. Ellos también necesitan desconectar de servir y quieren ser servidos. En las Islas, para que uno se haga cargo, en términos relativos tenemos cinco veces más visitantes de los que se observan en Cataluña, y en un espacio mucho más pequeño. Pero ahora compruebo que los locales llenan los aviones y barcos de vuelta de los no residentes. Y creo que, detrás de este fenómeno tan masivo como nuevo, que retroalimenta el sector, hay explicaciones sociológicas y económicas de interés. Cuando no hay capacidad de ahorro significativo para acceder a una hipoteca (una forma de ahorro forzado), el poco excedente posible de muchos trabajadores que llegan justos a fin de mes encuentra en los viajes una escapatoria, una base para emular lo que se supone que hace la población acomodada. Hasta hace poco, estas clases eran viajeros privilegiados (ricos, del norte, extranjeros, extraños) y, así, hacer turismo como ellos o como los ricos de nuestra casa se convierte en una especie de práctica igualatoria para los trabajadores pobres. En el punto de consumo y por unos días, somos iguales: destino y vestimenta, una especie de estampa fungible del momento del año en que nos sentimos tan acomodados como aquellos a quienes servimos en temporada. Ignoraremos por unos días cuánto ha costado —o costará todavía— sufragarlo y repetirlo. Es por eso que se requiere una huella fotográfica de recuerdo y para que los más cercanos se enteren. Me viene a la cabeza lo que ha significado durante mucho tiempo para muchos chinos sacar el coche los domingos: a pesar del poco recorrido, todos haciendo lo mismo y estando parados en retenciones sin ir a ninguna parte, era una señal ante terceros. Me recuerda lo que era tener un Seat 600 en el tardofranquismo. Un síntoma de progreso personal, un estándar de normalidad que, no obstante, hace tabula rasa de la duración del sacrificio y de cómo se ha llegado a este tipo de progreso. En el caso de los residentes se suma ahora el convencimiento de que hay que marcharse fuera, ya que el turismo interior no sirve para "desconectar" y que a menudo es imposible (piensen en las playas ya llenas a primera hora del día). Todo se tiene que poder anunciar, compartir y contrastar, desde la preparación hasta el reportaje. Es la normalidad de quien no es un desafortunado.Este consumo de masas está, de momento, incentivado por el hecho de que el precio de tanta movilidad no cubre las externalidades negativas que genera: el precio del transporte no sufraga su coste efectivo (congestión en autopistas), el del combustible ni el del consumo de recursos naturales. Para algunos, este gasto también crece, y con distinta dimensión, por el dinero negro que todavía muchos mueven en el sector de servicios, más propensos a la economía sumergida, y que se gastan con menos miramientos para no pagar a Hacienda. Viajes cortos para poder decir "yo he estado allí". En los viajes más largos, la estancia tiene variantes a veces menos glamurosas: dónde se duerme o cuántas comidas envasadas se deben consumir para salvar el presupuesto. Así, el hotel, el apartamento y el restaurante se muestran o no en función de si señalan la exclusividad del turismo que uno puede hacer.Cuando todo se normalice, es decir, cuando los precios de moverse sean mucho más elevados que ahora, es probable que muchas cosas cambien. Hoy, el coste central, más que en el transporte, está en el coste de la pernoctación. Si este es el caso, quizá el turista buscará un paquete completo de más días para amortiguar el coste más alto del viaje, combinando experiencias: no hacer un fin de semana de juerga en una ciudad de folleto, sol y playa, sino combinar mar y montaña, sol y piscina y música de tarde, deporte y ocio en la naturaleza, lírica y discoteca, excursiones a pie y en bici... Y si la estancia se alarga y se buscan vivencias complementarias, esto dejará fuera de juego algunos monocultivos de solo sol y playa, que hasta hoy han marcado los excesos.