Todo por la pasta

Aceptamos, algunos con más resignación que otros, que el dinero es una parte inevitable de nuestra vida. Y por lo que sabemos de nuestros antepasados, antes de que existieran el dinero, ya existía la codicia. ¿Cuánto dinero necesitamos para vivir? ¿Cuánto dinero necesitamos acumular en vida? ¿Cuánto dinero creemos que merecemos tener? ¿Por qué pensamos que merecemos algo?

Con la detención de Jonathan Andic y sin especular sobre qué pasó realmente en aquel paseo de padre e hijo, solo siguiendo las informaciones que nos han ido llegando y que forman parte de las investigaciones policiales, queda claro que al hijo del empresario no le basta con haber nacido en una casa sobreprivilegiada ni con una herencia que para cualquiera de nosotros es excesiva e impensable. Según dicen estas informaciones, las peleas entre ambos tenían que ver con el dinero. Y con el hecho de que al hijo no le parecía bien cómo su padre los quería gestionar. Este tema, en cantidades mucho menores, se da en muchas otras familias. Hay hijos que sienten que tienen derecho a opinar sobre qué se debe hacer con el dinero que han ganado sus padres. Y a algunas personas les cuesta entender que los progenitores prefieran gastarse en vida los ahorros que han acumulado antes que dejárselos a sus herederos. Las familias se rompen, a menudo, por un tema económico, sea cual sea la cantidad con la que se encuentren. En la mayoría de los casos las disputas son por miserias, aunque el umbral de la miseria es diferente para cada uno. En el caso de las grandes fortunas, como suelen ser personas públicas, las discusiones familiares trascienden y nos acabamos enterando el resto del mundo. Internamente, nos alegramos de que el dinero no les dé la felicidad. Que les den, pensamos. Quizás no tenemos codicia, pero tenemos envidia. Un poco. Y un poco menos cuando ves el documental Dynasty: The Murdochs, en el cual la familia de Rupert Murdoch, en quien parece que se basaron para hacer la serie Succession, está llena de machismo, desconfianza y traiciones. ¿Cómo es posible que personas que tienen la vida económica extraordinariamente solucionada sean tan miserables y tan infelices? Sientes entre pena y rabia por su incapacidad de disfrutar de la vida. Después vuelves a tu vida de autónoma y te olvidas de toda esta gente. Es lo que tienen los trimestrales.

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Al mismo tiempo que conocíamos la detención de Andic y su obsesión por el dinero, un juez de la Audiencia Nacional imputaba al expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero por tráfico de influencias. El sonido de la caja registradora dentro de la política tampoco es nuevo, pero, como en el caso de Andic, todavía no sabemos si es o no culpable. Lo único que sabemos es que ambos son torpes con la tecnología y que hay mucha gente que pone la mano en el fuego y se acaba quemando. Pero esto no es una serie ni una novela. Es la codicia que asoma un día tras otro en nuestras vidas. Es la corrupción endémica de un país que, con la connivencia judicial, hace una elección aleatoria de ladrones. Es la sensación terrible de que estamos en manos de unos chorizos y de unos vividores que hacen del patriotismo un sistema de vida muy jugoso. Pero la pregunta es ¿qué les pasa a toda esta gente que no tienen suficiente con el dinero que ya tienen? ¿Hay un tratamiento contra esta voracidad acumulativa? 

Nada hace pensar que en el mundo se acabe la corrupción ni la codicia, al contrario. Pero hace pensar, y mucho, que una persona pueda ser capaz de matar por dinero y que otra pueda usar un cargo electo para llenarse los bolsillos. Hace pensar y hacernos pensar.