Pedagogía de la moda
“En la enseñanza se ha puesto de moda adoptar ideas nuevas y fantasiosas, y muchos profesores jóvenes se dejan llevar por la idea errònea de que, a menos que un método sea nuevo, no puede ser el mejor. No obstante, conviene recordar que el cambio no implica necesariamente progreso. Todo método debe someterse, en primer lugar, a las leyes del sentido común aplicadas al desarrollo de la mente infantil, y, en segundo lugar, a la prueba de la experiencia real en el aula, antes de poder ser considerado el mejor método, o incluso un buen método”. Este párrafo está extraído de la página 105 de un libro publicado en Nueva York en 1885 y titulado "El manual eclèctic de los métodos para la asistencia de los profesores. Cualquier persona sensata sabe que lo nuevo y lo bueno son categorías diferentes y que tanto pueden coincidir como divergir. Pero en educación, como decía recientemente el pedagogo norteamericano Robert Pondiscio, “la estabilidad se confunde fácilmente con la complacencia o la indiferencia. Por eso, las escuelas premian la apariencia de cambio por encima de la mejora real”. Estas palabras pueden parecer exageradas, pero si repaso mi experiencia docente desde los inicios en los años 70, lo que veo es una especie de baile de San Vito de novedades que se presentan con un montón de promesas bajo el brazo, pero que caducan a los cuatro o cinco años. Lo habitual es que el cambio no se haya aprobado por ser la respuesta técnica a un problema, sino porque nos permite mostrarnos a nosotros mismos llenos de una reconfortante vitalidad.¿Y si para mejorar la escuela catalana lo primero que hace falta es curar nuestra adicción a las soluciones milagrosas?Según Pondiscio, las razones que explican la vulnerabilidad de las escuelas a las ideas fosforescentes son cuatro: La primera es la debilidad de nuestros sistemas de evaluación y retroalimentación, que dificulta la visión objetiva de nuestros resultados. Son tantas las variables que actúan en un centro educativo que es muy difícil identificar la responsabilidad específica de cada una en la marcha del centro. La relación causa-efecto nunca está del todo clara y allí donde descubrimos correlaciones que sintonizan con nuestra ideología, tendemos a ver causaciones.
La segunda es de orden político: no hay ministro o consejero de educación que no llegue a su despacho con más voluntad de fundador que de continuador. Quiere dejar huella de su acción. Pero entre tanta ley, tanta normativa y tanta diferencia entre los inspectores a la hora de aplicarla, se pierde la orientación colectiva. La tercera es la fascinación por la innovación. Si un método se presenta como innovador, puede ahorrarse la justificación empírica de su bondad.La cuarta: Los docentes viven en una permanente impaciencia moral. Cada día se encuentran con los ojos abiertos e interrogadores de sus alumnos. No es extraño, pues, que si los creadores de un método aseguran que beneficia a los niños con dificultades, nos parezca inmoral ignorarlo, aunque nos falten los datos que demuestren su bondad.Añado una más de mi cosecha: la laxitud del vocabulario pedagógico. Hay pocos conceptos pedagógicos que resistan un análisis lógico riguroso. Pero si suenan bien... Daniel Dennett llamaba deepities a las afirmaciones que parecen profundas porque suenan bien, pero que en realidad están vacías. Una deepity tiene dos lecturas. En la primera, se ve claramente su falsedad, pero al mismo tiempo no podemos evitar pensar que si fuera verdadera sería muy importante. En la segunda descubrimos que su verdad es trivial y que no nos lleva a ninguna parte. Y aquí interviene la impaciencia moral. Es trivial, pero desearíamos que no lo fuera y entonces nos dejamos arrastrar por la ilusión de profundidad. Un ejemplo: “El niño en el centro”. Si nos referimos a un niño genérico, esto es cierto, pero trivial. Si nos referimos a cada niño, sabemos que es necesario, pero imposible. En una clase no caben 25 centros. En conclusión: no hay nada más predecible que la inestabilidad de nuestro sistema educativo. Como se cree portador de buenas razones morales, tiende a evaluarse más por la altura de sus buenas intenciones que por la de los resultados.Las escuelas novolatras pueden llamar mucho la atención puntualmente, pero es una atención de escaparate de temporada. Lo que es verdaderamente admirable en educación no es el éxito puntual, sino el progreso sostenido, y este acostumbra a ser fruto de una combinación de sensatez, prácticas reflexivas, una supervisión serena de los inevitables errores y un currículum bien estructurado. Algunos, quizás, creerán que esto es poco, ¿pero tenemos algo mejor?