Policía y escuela: ¿nos pierde la estética?

En agosto del 2008 el azar me llevó a la tórrida ciudad de Page, en Arizona. No he pasado en mi vida un calor más abrasador. Para intentar mantenerme biológicamente intacto me refugié con una jarra de cerveza en el restaurante mexicano La Fiesta. Echaba un vistazo al Lake Powell Chronicle cuando Stevie Manniel, un indio navajo, se sentó a mi lado. Estaba medio borracho y quería dinero. Le mostré el estado de mis pantalones, hechos jirones, y él me replicó que solo los ricos se atreven a salir a la calle con unos pantalones rotos.—¿Qué encuentras de interesante en el periódico? —me preguntó.Le conté una noticia que me pareció sorprendente: las autoridades educativas del condado organizaban equipos de trabajo de adolescentes durante los meses más tórridos del verano. Hacían trabajos de esfuerzo, como arreglar el mobiliario urbano o los jardines de las casas de la gente mayor o, incluso, trabajos de peón de camino, con el objetivo de crear vínculos entre adolescentes aislados, porque —decía el diario— “no hay peor compañía para los adolescentes que la soledad”. Aunque todo ello estaba organizado por las autoridades educativas del condado, la implementación corría a cargo de voluntarios de la policía local sin ninguna compensación económica. Un policía aseguraba que trabajar bajo aquellas condiciones climáticas hacía imprescindible la colaboración entre todos los implicados y la creación de vínculos de confianza y solidaridad. La participación era voluntaria y los jóvenes podían retirarse cuando quisieran.Dado que mi imagen de la policía de la América profunda estaba modelada por los arbitrarios alguaciles de las películas de Hollywood, todo eso me sorprendió tanto que me lo tomé con desconfianza, aunque la supervisora del programa asegurase que la misión de la policía es, en primer lugar, prevenir la delincuencia y garantizar el bienestar de toda la comunidad. Y entonces, sorprendentemente, aquella mujer citó a Platón: la misión de la policía, dijo, es garantizar la libertad de los ciudadanos.

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Y así llego a la pregunta que de verdad me interesa: ¿por qué los docentes catalanes, en lugar de ver en la figura de un policía un garante de la libertad de los alumnos la han visto como un intruso autoritario en el trabajo educativo? Obviamente, me refiero a los policías de paisano que, como experiencia piloto, la Generalitat proponía integrar en las escuelas con tareas de prevención y mediación.Todos sabemos que hay centros con comportamientos difíciles de gestionar. Hay agresiones físicas y verbales que afectan los derechos de quien quiere estudiar. Por eso se piden más recursos humanos. Pero en ningún caso, por lo que parece, pueden ser Mossos d’Esquadra.No entraré a juzgar las razones de las suspicacias antipoliciales de los centros educativos, pero sí que quiero decir que constato una visión sesgada de la policía que, en sí misma, me parece poco educativa. La escuela y la policía son instituciones fundamentales de la res publica que, precisamente porque ambas quieren hacer posible la libertad de los ciudadanos, deberían respetarse mutuamente en democracia.He recogido algunos de los mensajes que se han difundido desde los centros educativos: “Hay que reforzar la educación, no la vigilancia”, "Menos mossos y más educadores sociales", "Ni formados ni uniformados. Más recursos y menos policía", “Educar no es controlar, sino acompañar”, "Fuera las fuerzas de ocupación de los centros educativos". Una representante de las familias sostenía, con una convicción que me deja perplejo, que “los policías no son agentes educativos”. ¿Por qué no?"La solución —añadía un docente— es hacer que la disciplina se cumpla, porque actualmente en nuestros institutos hay impunidad. Tú puedes hacer lo que quieras y casi no hay consecuencias. Por lo tanto, ahora, ante este problema, ¿los Mossos? No. Antes analicemos por qué hemos llegado aquí".A mí lo que me preocupa es la creciente deriva terapéutica de la escuela.Al centrarnos en el rechazo no hemos encontrado respuestas serias a la cuestión relevante: ¿es útil la presencia de la policía en los centros?Algunas investigaciones sugieren que puede ser eficaz para gestionar incidentes violentos graves específicos, pero no tenemos evidencia que concluya que mejora la seguridad escolar en general. Este es el punto que no hemos debatido.El jueves pasado me encontré a la salida de una escuela con un padre perplejo ante un hijo asilvestrado. Después de reconvenirlo sin éxito, recurrió a un argumento definitivo. Señalando al policía que estaba garantizando la libertad de movimiento de los críos, le espetó con gesto severo: "Pórtate bien, que si no vendrá el policía".