¿Policías en la escuela?
«Policía en todas partes, justicia en ninguna parte»
Víctor Hugo
A la Maria Campuzano
Reconozco que cuando se oyó el primer rumor de que alguien quería introducir policías de paisano en las aulas creí, de inmediato, que se trataba de alguna propuesta ultraderechista estrambótica. De aquellas que proponen remedios fáciles a problemas complicados y que devienen, irremediablemente, soluciones falsas. De estas tan golosas y ruidosas, que duran lo que dura una piruleta en el patio, pero que en realidad van haciendo hueco y temido de prioridad nacional. Supongo que aquello es lo que quería –lo que necesitaba– creer. Pero no. Nudo en la garganta, resulta que es una propuesta gubernamental con sello oficial que presuntamente arrancaba el lunes en trece centros educativos. Policías de paisano dentro de nuestras escuelas con pretendido carácter preventivo: así estamos. El desasosiego es preventivamente infinito –como un fracaso solemne, como una derrota inapelable, como una renuncia completa–. La simple imagen imaginada de un agente de paisano husmeando la vida de los alumnos desquicia por completo, destroza las bases de la escuela democrática y recrea un imaginario degradador de una educación sometida a criterios policiales de seguridad, vigilancia y control. Se mire como se mire, una bestialidad sacrílega. No son tiempos para la ingenuidad, pero uno creía, después de una desbordante huelga general del profesorado, tanto democrática como histórica, que la respuesta sería otra, en línea con las demandas acumuladas del sector y tras el amplio apoyo social demostrado en la calle por maestros de toda España. Menos ratios; más recursos pedagógicos; mejores condiciones; más orientadores y más profesionales en todos los ámbitos –de integradores a mediadores interculturales, de auxiliares a psicopedagogos, de logopedas a psicólogos–. En ningún sitio se pedía policía alguna –y si pasáis por cualquier escuela pública veréis mil pancartas reivindicativas de todos los colores, pero ni una reclamando presencia policial–. Lo que reclaman todavía es más tiempo dedicado a cada alumno en formación, a cada vida en construcción, desde una mayor implicación comunitaria, social y vecinal y atendiendo socialmente las enormes dificultades en centros de alta complejidad. Resolver en sentido completamente contrario y elegir que lo primero es poner policías para explicar a la juventud cómo funciona la vida adulta ahí fuera es, simultáneamente, infantilizar a los adultos y adulterar a los niños. Y desautorizar al maestro, a quien confiamos la educación de hijas e hijos, cambiando la autoridad moral por la autoridad disciplinaria. Y también estigmatizar, centro a centro, las desigualdades sociales allí donde la pobreza y la segregación social golpean más. Y desterrar hacia dentro, cuando la guerra tanto resuena fuera, la indispensable promoción de la cultura de la paz despreciando los ingentes esfuerzos y la enorme experiencia acumulada en la mediación, gestión y resolución transformadora de todo conflicto.En esta encrucijada imposible es cuando debemos preguntarnos cómo diablos se ha llegado hasta aquí –y por qué y por qué ahora– y tratar de averiguar si todo ello es globo sonda, cortina de humo o ceremonia de la confusión. Y no lo sabemos –se nos escapa aún–. Sí que se sabe –forma y fondo– cómo se ha impulsado: con sigilo opaco y sin ningún debate con la comunidad educativa. Y también sabemos cómo lo hemos sabido: por informaciones periodísticas. Dos motivos más para suspender inmediatamente –radical defecto de forma– la aplicación del plan piloto. Desgraciadamente, esta forma de hacer liga demasiado bien con cómo se ha firmado el acuerdo de papel mojado con dos sindicatos mayoritarios que en la enseñanza han quedado en minoría absoluta y han recibido, en democrática consulta, el portazo unánime de enmienda general de quienes dicen representar.
Porque ahora que hablamos tanto de cómo se aborda la complejidad de cada hecho social, nada parece más simplista que pretender que la policía resuelva cada tensión, cada dificultad, cada conflicto, cada discrepancia. Incluso en el patio de la escuela, incluso en medio de un aula. El subtexto y el contexto incitan a pensar también en un cuestionamiento, ridiculización y menosprecio de la tarea de profesores y profesoras –y por eso envían a la policía, fíjate–. Por desgracia, es como si la tónica general global hubiera llegado de la peor manera a la enseñanza y alguien pretendiera americanizar nuestra vida escolar: el avance imparable del estado penal punitivo que va sustituyendo la disolución gradual y planificada del estado social de derecho y el recurso fácil a la policía porque ya hemos negado, denegado y renegado de toda posibilidad democrática. Para suerte de todos, incluso de los mismos promotores de la policialización de las escuelas, habrá que dar gracias a la inmediata reacción de la misma comunidad educativa y de buena parte del país, de la campaña Desmilitarizemos la Educación –integrada por 100 entidades–, del Consell de Foment de Pau y de los profesores contra los desahucios agrupados en la plataforma Docents080. O de las protestas que el lunes mismo se desplegaron ante los institutos afectados, como en l’Hospitalet de Llobregat. Todos ellos ya han trabado y trazado, autotutela y antídoto, lo difícil que será la aplicación de este singular Plan Kampai Escolar.Cuando hay un incendio en una escuela, se llama a los bomberos a toda prisa; cuando hay una emergencia médica, una ambulancia de inmediato; cuando hay un incidente grave inmanejable, a los Mossos –porque la coordinación de los servicios públicos ya es eso–. Pero en democracia, quien educa y educará es y debería ser siempre la escuela –y no el Código Penal ni los cuerpos policiales–. El día que lo olvidemos habremos bebido aceite –de ricino––. Se podría añadir, sin sarcasmos, que la última vez que la policía fue a las escuelas a perseguir adultos, para intentar evitar una urna democrática, ya sabemos cómo acabó y todavía pagamos las funestas consecuencias. Se podría añadir, sin llorar y en nombre de la autonomía universitaria, que llevamos años clamando al cielo por la presencia impune de policías infiltrados en facultades, asambleas y colectivos, para tener que soportar, ahora, esto. Pero al fin y al cabo, la paradoja final de desatino completo es que si alguien cree que hacen falta policías en las escuelas, quizás lo que hacen falta son profesores y filósofos en algunas comisarías. Con un rincón de pensar bien disponible. Urgentemente.