Políticos de temporada

Siempre que llegan unas elecciones sucede un pequeño milagro de la naturaleza. Políticos a los que llevábamos meses viendo únicamente en congresos, platós o actos de partido aparecen de pronto en la calle. Dan la mano a jubilados, entran en comercios, recorren mercados y hasta cogen niños en brazos. Es como descubrir la primera mariposa de la primavera. Uno pensaba que se habían extinguido, como los diplodocus, y resulta que solo estaban hibernando.

Después votamos y vuelven a desaparecer. Dejan los mercados y se encierran en los despachos. Ya no buscan ciudadanos, sino dirigentes de otros partidos con quienes negociar la presidencia, los ministerios y el programa.

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No me quejo de que negocien. En una democracia parlamentaria es inevitable y, a menudo, conveniente. Me inquieta algo distinto: votamos antes de saber qué se negociará después.

Cuando intento decidir mi voto, leo los programas electorales. Hace unos días alguien me preguntó para qué. Me dijo que, en un sistema sin mayorías absolutas, ningún partido aplicará su programa. Para gobernar deberá renunciar a una parte y aceptar otra que sus votantes quizá rechazan. Puede ceder en vivienda, impuestos, educación o política social. Sabemos lo que promete cada partido, pero ignoramos qué promesas considera prescindibles.

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Por eso votamos parcialmente a ciegas. Elegimos un menú y, después de pagar, los partidos entran en la cocina y acuerdan entre ellos qué platos nos servirán.

Los sistemas de doble vuelta intentan reducir esa distancia. Francia elige a su presidente mediante una segunda votación entre los dos candidatos con más apoyo. Sus diputados también se eligen por circunscripciones en un sistema mayoritario a dos vueltas. Esto concentra la decisión y obliga al ciudadano a pronunciarse de nuevo cuando las alternativas ya están más claras.

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No garantiza, sin embargo, que un partido pueda gobernar solo. La Asamblea francesa surgida en 2024 quedó fragmentada y sin mayoría absoluta. La doble vuelta sacrifica además representación: muchos votos obtienen menos presencia parlamentaria. No es una solución perfecta.

Pero contiene una idea que me parece superior: las alianzas comienzan a dibujarse antes de la decisión definitiva del votante, no después. El ciudadano puede corregir, escoger entre opciones viables y votar sabiendo mejor qué gobierno ayuda a formar.

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No necesitamos copiar Francia, pero sí recuperar ese principio. Si los pactos van a alterar los programas, los partidos deberían anunciar antes sus prioridades, sus renuncias posibles y sus líneas rojas. O permitirnos votar una segunda vez cuando conozcamos las alternativas reales.

Los políticos ya salen a la calle durante la campaña. No estaría mal que, antes de volver a hibernar, nos explicaran qué piensan hacer con nuestro voto.