La posguerra civil
España sigue mediopartida cuando debate sobre la Guerra Civil. Arturo Pérez-Reverte ha organizado unas jornadas de debate en Sevilla con el mejorable título 1936: La guerra que todos perdimos (al final pusieron el lema entre interrogantes para amortiguar las críticas). El escritor David Uclés, que se había comprometido a asistir, renunció al saber que tomarían parte José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Y el inevitable lavadero posterior a las redes sociales, con amenazas de boicot incluidas, ha precipitado la suspensión de las jornadas. Pérez-Reverte se lamentó de la oportunidad perdida para la "reconciliación" de los españoles. Pero la mejor manera de digerir el pasado es asumirlo, y asumir la Guerra Civil es admitir que hubo vencedores y vencidos, y que los vencedores se comportaron como tales hasta mucho después de que las armas callaran.
Ahora bien, si lo que se pretende afirmar es que la Guerra Civil fue un fracaso de país, en esto doy la razón a Pérez-Reverte. Porque en 1939, con la victoria del general Franco, no perdieron sólo la República y las izquierdas, sino el intento más serio y loable de convertir a España en una democracia moderna y plural. Y es cierto que, de esta derrota, no se puede culpar sólo a quienes instigaron el golpe de estado de 1936 con sus compañeros de viaje (falangistas, monárquicos, clases altas, y también una gran masa popular católica). También son responsables los que se aprovecharon del desbarajuste para promover una revolución comunista, o anarquista, saltándose los límites de la legalidad y la democracia. En defensa de estos últimos, debe afirmarse que la violencia que desató en la retaguardia republicana, con un clima exaltado por el avance del fascismo en Europa, venía precedida de más de un siglo de explotación social. Pero esto poco importa a las víctimas de un furor que a menudo era indiscriminado.
Pero el debate que debe afrontar España no es el de la guerra —donde la violencia lo empapa y lo confunde todo—, sino el de su consecuencia, es decir, el franquismo, que durante cuatro décadas, ya pesar de su victoria en los campos de batalla, continuó el lento y pertinaz trabajo de represión, depuración y división entre los españoles para convertir a los derrotados y luces pública hasta la Transición y más allá. Ésta es la cicatriz que rompe España todavía ahora. Medio país repudía el recuerdo de la guerra pero blanquea el legado del franquismo y se considera heredero, aunque sea con la boca pequeña. El ascenso de Vox certifica esta triste realidad, que afecta también a las generaciones jóvenes, que no sufrieron la dictadura.
En la Cataluña contemporánea, el peso de las izquierdas y del catalanismo y el hecho de que la derecha mayoritaria convergiese en el nacionalismo democrático inclinaron claramente la memoria colectiva hacia el bando republicano, ya que los derrotados de 1939 fueron también la Generalitat y el catalanismo. La represión posterior no se dirigió sólo contra las izquierdas, sino que afectó también a todas las expresiones de la catalanidad, incluida la lengua, aunque sus hablantes fueran católicos y/o de derechas. Pero el hecho de asumir la derrota nacional —expresada en el fusilamiento del presidente democrático del país— no debe impedirnos reconocer el dolor causado por el furor revolucionario sobre miles de catalanes por ser católicos, burgueses, ricos, militantes de la Liga e incluso demócratas y catalanistas de derecha. Dicho esto, no dudo en que Catalunya, su hecho nacional, forma parte de los derrotados de 1939. Y no lo dudo porque las consecuencias de este hecho las sufrimos todavía hoy.