La noche sin lágrimas de las Letras Catalanas
Mientras salía del Palacio Nacional, se me ocurrió el verso de Raimon: "Somos muchos más de los que ellos quieren y dicen". La potencia, la elegancia y la armonía de las palabras y los acentos de la lengua catalana, que suenan millones de veces cada día, se reunieron en una gala que se deslizó precisa y que fue nuestro sitio en el mundo por una noche.
Lo que dijo Carles Rebassa lo hemos dicho aquí muchas veces: mientras el catalán no sea imprescindible para vivir en los países de habla catalana, iremos poniendo parches. Y todo el mundo sabe que no es ni será posible con España, para la que la lengua y la cultura catalanas son un frente intolerable en una idiosincrasia política y social que tiene en la catalanofobia un rasgo constitutivo. Es normal, por tanto, que cuando miles de personas celebran una noche de escritores en lengua catalana, estalle la evidencia: ¿por qué una cultura tan potente, que comparten hablantes y creadores del País Valenciano, las Islas Baleares, Cataluña y Andorra, tenga que sufrir por su futuro en su propia tierra?
¿Por qué no ha habido ningún escritor catalán que haya ganado el premio Nobel de literatura? En 125 años, ¿no hemos dado al mundo ningún autor universal? ¿Quiénes han sido Maragall, Guimerà, Pla, Espriu o Rodoreda? No me haga reír. La respuesta la sabe todo el mundo. Es lo mismo que ocurre con las selecciones deportivas y los equipos olímpicos. Por eso debemos practicar el ignominioso juego de soportar la represión, de arrebatar un espacio en un descuido, de aprovechar un fugaz momento de desequilibrio de fuerzas para hacer palanca, con todo lo que tiene de desgaste para la autoestima tener que lidiar con una mano la espalda. Y hacerlo, como recordó Grasset citando a Murdoch, "secándose las lágrimas en una guerra infinita por la libertad".