La visita del papa León XIV está levantando una más que notable expectación ciudadana. Es una figura que, contra lo que inicialmente se pensó cuando fue elegido hace un año –después de un papado tan emblemático como el de Francisco–, en poco tiempo se ha hecho un lugar destacado en el ágora pública global. ¿Cómo? Con unos posicionamientos a favor de la acogida de inmigrantes, advirtiendo contra los peligros de la inteligencia artificial bajo control de las grandes corporaciones (su reciente primera encíclica hace énfasis en ello) y a favor de un humanismo cristiano basado en el diálogo y la tolerancia con la diversidad. Es desde esta base doctrinal e ideológica que el norteamericano Prevost se ha desmarcado claramente de la política bélica y ultranacionalista del presidente de su país, Donald Trump, y de la Iglesia más conservadora tanto de los EE. UU. como de otras latitudes.
Esta es la figura que aterrizará el sábado en Madrid y el martes en Cataluña. Durante los dos días que estará en la capital catalana, bendecirá la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, hará un acto multitudinario en el Estadio Lluís Companys y visitará el monasterio de Montserrat, entre otras visitas pastorales. Su fuerza moral y simbólica, unida a una popularidad creciente, hace que cualquier gesto del pontífice sea leído con detalle y tenga una repercusión que va mucho más allá de la comunidad católica. De ahí que, incluso antes de su llegada, ya sea objeto de controversia, empezando por quién pagará las misas –es sorprendente que los gobiernos de Cataluña y las Canarias contribuyan, pero no el de Madrid– y qué uso hará de la lengua catalana.
En este segundo punto, las primeras indicaciones al respecto, con poca presencia del catalán, han provocado una inmediata reacción, tanto dentro de la misma Iglesia como en el terreno político e institucional. Este martes se han producido llamadas de obispos, del Gobierno y de la presidencia del Parlament reclamando que el líder espiritual cristiano haga un uso más intensivo de la lengua propia del país, en la línea, defendida tanto por Francisco como por León XIV, de la sinodalidad: una Iglesia más participativa y abierta a las comunidades de base.
En este sentido, León XIV, al igual que su predecesor, lo que hace es adaptarse a los usos lingüísticos que le propone el arzobispado que visita. Por lo tanto, es el arzobispo Joan Josep Omella quien hizo la primera apuesta a la baja y quien todo apunta que ahora hará una rectificación para dar más presencia al catalán. Omella, originario de la Franja de Ponent, en efecto no se ha destacado a lo largo de su mandato por la sensibilidad respecto al catalán. El mismo papa Francisco ya quedó asombrado en el Vaticano cuando, en 2023, en un acto por el 800 aniversario de la Cofradía de la Mare de Déu de Montserrat, Omella le pasó un texto para leer: "Está en castellano. ¿No tiene que ser en catalán?", le dijo Bergoglio.
Esta vez parece que, finalmente, Omella se ahorrará que sea Prevost quien se extrañe de tener que utilizar más el castellano –idioma que, por otra parte, conoce a la perfección– que el catalán. Un León XIV que sí tiene sensibilidad por la diversidad lingüística: en su larga estancia en Perú con comunidades indígenas aprendió quechua.