Ceuta, los inmigrantes y el invierno demográfico

Migrantes en la playa de Ceuta.
08/08/2026 - 20:16 h.
2 min

Lo que se está viviendo en Ceuta es, ahora mismo, un drama humanitario. Lo que se está viviendo en Europa, a remolque de Ceuta, es una batalla ideológica entre quienes ven la inmigración como "un peligro invasor" y quienes quieren gestionarla sin ingenuidades buenistas, pero teniendo en cuenta los valores humanos básicos que, al menos sobre el papel, conforman el ideario europeo, y la realidad económica, con sectores relevantes reclamando mano de obra (¿por cierto, qué se ha hecho de la contratación en origen?).

El primer bloque lo encabeza la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, que ha convertido la crisis migratoria de Ceuta, que se inició el jueves 30 de julio con una entrada masiva por tierra y mar, en una oportunidad para marcar la agenda y el relato. El segundo bloque tiene en el presidente español, Pedro Sánchez, casi la única cara visible, haciendo equilibrios entre un posicionamiento policial duro, un retorno exprés de la mayoría de los miles de marroquíes que llegaron a Ceuta, una defensa de la unidad europea que representa el espacio Schengen de libre circulación y una acotada atención a los menores no acompañados y a colectivos como el de las mujeres, esta vez más numerosas.

Con una Europa fragmentada nacionalmente en lo que respecta a las políticas fronterizas, y bajo la presión de los discursos de ultraderecha que precisamente responsabilizan de todos los males y frustraciones colectivas –bien reales, por otro lado– a los extranjeros vulnerables, se ha disparado el uso instrumental de la inmigración como arma de presión diplomática. En lo que ha ocurrido estos días, no queda claro hasta qué punto el régimen marroquí ha sido proactivo. Pero resulta evidente que el fuerte movimiento migratorio a Ceuta no ha sido espontáneo, tal como se refleja en el eco que se produjo en las redes sociales.

En la última década se han multiplicado por seis los kilómetros de muros o vallas en las fronteras exteriores de la UE y dentro del espacio Schengen. Este es el contexto. En Europa, mandan la desconfianza y el miedo. Ningún gobierno quiere pasar por laxo en lo que respecta a inmigración. La política comunitaria recientemente aprobada de externalizar el filtrado en campos situados en países terceros, tal como quería Meloni, además de topar con los principios de acogida, parece más una acción propagandística para tranquilizar la opinión pública que una medida realmente eficaz. Y el choque Meloni-Sánchez responde a esta misma dialéctica de gestos de cara a la galería.

Las sociedades europeas, con una natalidad muy baja, continúan necesitando incorporar población foránea para mantener su dinamismo y viabilidad. Pero a la hora de la verdad, lo que triunfa son los discursos alarmistas que vinculan inmigración con delincuencia y que fabulan con teorías identitarias conspiratorias como la del "gran reemplazo". En medio de este ruido tremendista, cuesta mucho alejar el debate de las sensaciones viscerales y las experiencias subjetivas para hablar de él con mesura, datos y rigor. En realidad, los datos globales ya hacen que los expertos comiencen a hablar de un invierno demográfico, fruto de una bajada de natalidad que, con Europa como punta de lanza, ya está generando preocupación también en Asia –en especial en China– y en el continente americano, y no solo en el norte.

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