La temperatura del agua del mar no para de subir. Hoy damos datos récord de la temperatura superficial de los océanos este mes de julio. También se calienta el aire. Y la sequía está haciendo estragos en Europa, con los grandes ríos –Rin, Danubio, Sena, Po– a mínimos de caudal, los prados color paja y la tierra y los bosques resecos. Estamos viviendo un verano excepcionalmente caluroso y seco. Los grandes incendios, como el de Burdeos y los de la península Ibérica, son fruto de este conjunto de factores que han venido para quedarse. En las metrópolis, que es donde vivimos la mayoría, la vida se hace cada vez más irrespirable y angustiosa.
Y a pesar de todo esto, contra todas las evidencias científicas y contra sus catastróficas consecuencias palpables en el entorno, algunos descerebrados, comenzando por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y todos sus acólitos globales, todavía niegan o frivolizan con el cambio climático, como si fuera cosa de wokes. ¿Qué más hace falta que pase para que caigan del caballo? Ya es bastante complicado luchar contra el cambio climático para tener que hacerlo también contra la desinformación climática.
El calentamiento planetario es un hecho con datos incontestables. Igual que es un hecho la lenta respuesta que colectivamente estamos dando. Los fenómenos extremos –olas de calor, incendios, temporales, tsunamis– nos están pasando por encima cada vez con más frecuencia y más virulencia. Y al mismo tiempo, la realidad cotidiana también está violentando nuestra comodidad. Cualquiera que se haya dado un chapuzón estos días en la costa catalana o en la balear habrá podido comprobar cómo la temperatura del agua se ha disparado respecto a lo que era habitual. La nueva normalidad recalentada, más allá de lo que pueda afectar al placer estival de todos juntos, tiene graves consecuencias directas en la vida de la flora y la fauna marinas, y provocará, además, fenómenos meteorológicos violentos cuando lleguen los temporales de finales de verano. Ya podemos prepararnos. No es broma. De hecho, la alerta por El Niño, aunque aquí el fenómeno todavía tardará en llegar, ya ha sido activada.
Resulta imprescindible avanzar en la concienciación general sobre el cambio climático. La renuncia a tomarse lo en serio por parte de los Estados Unidos, que ha vuelto a potenciar el uso de los carburantes fósiles, puede tener efectos catastróficos. Ya íbamos arrastrando los pies en la lucha climática global, como no para de recordarnos la comunidad científica. Pues ahora la cosa se ha complicado aún más. Es como si la humanidad se estuviera negando a ver una apocalipsis que tiene delante de las narices. Es la negación con mayúsculas de la realidad. Es una actitud nihilista, una huida hacia adelante, una especie de carpe diem descabellado: si cada vez hace más calor, la respuesta es instalar más aires acondicionados, y que Dios reparta suerte. Los que vengan ya se las apañarán. Lo más absurdo es que ya nos las estamos apañando todos nosotros y que la situación no para de agravarse cada año que pasa, cada verano más caluroso, cada otoño más extremo. Claro: hace falta refrigeración y refugios climáticos, sí. Pero hace falta mucho más.
El mar y la tierra se calientan. ¿Qué hacemos? ¿Mirar hacia otra parte? No podemos huir a otro planeta. Quizás deberíamos ponerle remedio de verdad, empezando por dejar claro cuán ridícula y letal es la ligereza infantil de todos los trumpistas de este mundo.