Francesc Soler: Las personas atractivas tienen mejor trabajo, ganan más dinero y si cometen un crimen las penas son más bajas
Periodista y autor de 'Los asesinos guapos. La fascinación por Luigi Mangione y otros criminales atractivos'
Barcelona¿Qué hace que algunos asesinos y criminales nos acaben fascinando? Esta es una de las preguntas que intenta resolver el periodista Francesc Soler (Roda de Ter, 1976) en Los asesinos guapos (Alrevés Editorial), un libro en el que analiza, entre otros casos, el fenómeno generado alrededor de Luigi Magione, el joven de 28 años acusado del asesinato del director ejecutivo de la compañía de seguros médicos UnitedHealthcare, Brian Thompson. Su atractivo físico le ha convertido en un sex symbol y ha provocado que el crimen quede en un segundo plano.
En los últimos años se ha hecho popular el concepto privilegio de la belleza. ¿Luigi Mangione es un ejemplo de privilegio de la belleza? ¿En qué se manifiesta?
— Absolutamente. Es una de las cosas que he descubierto tirando del hilo e intentando responder a la pregunta de cómo hemos podido convertir a Luigi Mangione y tantos otros en iconos de la cultura pop. Y esto se basa en algo que se llama efecto halo, que la psicología tiene perfectamente descrito: nuestro cerebro necesita tomar atajos para ahorrar energía y, por lo tanto, ante un estímulo, como ver a una persona, tenemos una respuesta inmediata. Y esta respuesta inmediata es asociar belleza con bondad, con fiabilidad y con virtud. Es decir, cuando vemos a alguien atractivo, nuestro cerebro es incapaz de ponerse en guardia, sino todo lo contrario. Piensa que aquella es una persona buena. Y aquí vienen parte de los problemas con los asesinos pero también con los estafadores, por ejemplo. La mejor arma del estafador del amor es la belleza. Es decir, cuando se dice que la cara es el reflejo del alma, en el fondo decimos que una cara bonita debe ser de un alma bonita. Y esto es parte del problema a la hora de entender cómo acabamos celebrando a asesinos a partir de su apariencia: ante unas mismas acciones, si la persona que las lleva a cabo es atractiva, la manera en que la juzgamos cambia hacia el positivo.
Pero desde pequeño nos han dicho que la belleza está en el interior. Racionalmente, lo entendemos, ¿pero instintivamente no hacemos caso?
— Nuestro instinto, que es la dopamina y los circuitos de recompensa, se activa ante una cara bonita. Una de las cosas que he descubierto es que existe una belleza objetiva para nuestro cerebro. Hay una serie de rasgos y armonía –la forma de las cejas, la mandíbula, los ojos y los labios– que hacen que nuestro cerebro los descodifique como persona atractiva y confiable. Y esto, evidentemente, sirve también en un proceso de selección, y sirve también cuando los atractivos o los guapos se sientan en el banquillo de los acusados. Hay datos que demuestran que las personas atractivas tienen mejor trabajo, ganan más dinero, y que cuando cometen un delito las penas son más bajas. A mí me pareció loquísimo, esto. Porque, evidentemente, tener una cara atractiva no es una característica moral.
¿Qué fue lo primero que pensaste cuando viste imágenes de Luigi Mangione?
— Lo primero que pensé, evidentemente, fue "qué tipo más guapo", creo que como todo el mundo. Y lo segundo que pensé es que no tenía la sensación de ver a un criminal enfrentándose a la justicia, sino a un actor interpretando a un criminal enfrentándose a la justicia. Tenía la sensación de que se estaba interpretando a sí mismo. Sus comparecencias son muy estudiadas. Hay una imagen icónica de él con un jersey de color burdeos, igual que su abogada. Aquel jersey se agotó en las tiendas. Él juega mucho con eso. Yo soy el primero que estoy entrenando en el gimnasio escuchando true crime y, a veces pienso "realmente, ¿estoy escuchando a alguien que ha asesinado a otra persona mientras hago ejercicio? Quizá debería ponerme a Madonna o alguna cosa más edificante". Somos esta sociedad, nos evadimos de esta manera, quizá porque lo hemos convertido todo en entretenimiento, y los crímenes, también. La voluntad del libro es ponernos el espejo a todos, a mí también. Es decir, en el fondo, mal que me pese, este libro también contribuye al mito de Luigi Mangione como figura o como icono de la cultura popular.
Decías que hay determinados rasgos que definen lo que es la belleza objetiva. ¿Mangione cumple estos rasgos?
— Sí, por eso digo que es el príncipe de los asesinos guapos. Yo he querido ir con mucho cuidado porque es evidente que cuando comete el asesinato, en diciembre de 2024, él tiene una intencionalidad política y quiere que sea leído como un golpe duro a la industria de la salud de los Estados Unidos por sus abusos. Pero al cabo de unas horas la narrativa se le gira en contra y el asesino guapo se acaba comiendo al justiciero. A los partidarios del Mangione más político no les hace ninguna gracia que se le compare con un actor de Hollywood o que se hable de sus abdominales. Ellos, evidentemente, defienden a este Mangione más Robin Hood, más Che Guevara, pero lo que lo convierte en un icono global por parte de la cultura popular es, sin duda, su apariencia. Si el asesino o el autor de los disparos hubiera sido, por ejemplo, un joven afroamericano de la periferia de una ciudad norteamericana con antecedentes por pequeños delitos, dudo mucho que se hubiera convertido en un icono pop global. Es más, quizás incluso no estaría vivo, tal como van las cosas en los Estados Unidos.
¿El hecho de que Mangione tenga un discurso político ha hecho que pasemos por alto su crimen y nos centremos en su apariencia?
— Ha contribuido a facilitar que sea celebrado, reproducido en pasteles, manicuras de uñas, en camisetas y grafitis en la calle sin que la gente que lo hace se sienta culpable. Pero cuando a Ted Bundy lo juzgaron, en los campus universitarios también había camisetas con su cara. Y cuando Charles Manson acaba en la prisión también recibe propuestas de matrimonio y también se le dedican canciones y películas. Mangione lo pone más fácil, porque tiene una causa, pero todos acaban teniendo una serie de Netflix que contribuye no ya a su glamurización y romantización sino también a su sexualización y cosificación. De momento, Mangione tiene un musical.
¿Que los asesinos reciban cartas de amor en prisión se debe al hecho de que todavía tenemos el ideal romántico del chico malo al que podemos cambiar?
— Absolutamente. Esto tiene el nombre de hibristofilia, que es esa parafilia sexual o romántica en la que hay una atracción por criminales con crímenes de sangre. Está mucho más descrito en mujeres hacia hombres, hacia asesinos, hacia violadores, hacia criminales con delitos graves, aunque también hay algunos hombres. Y este tipo de amor tiene diferentes vertientes. Hay una que es el amor redentor, es decir, la voluntad de explicar por qué el criminal es como es –por una infancia difícil, porque la sociedad no ha apostado por él–. También entra en juego la creencia de que amar está por encima de todo. Y luego hay otra parte de este amor hibristofílico que es asociar la violencia con la hipermasculinidad, con el riesgo, con la aventura. Esto es peligroso, porque, en el caso más extremo, es enviar cartas a la prisión a un asesino, enamorarse de él. Pero también se traduce en las películas protagonizadas por Mario Casas y las novelas románticas dirigidas a adolescentes, donde el prototipo de chico es el chico castigador, es el malo de la clase, es el chico que es un poco violento, pero que en el fondo también tiene un lado tierno. Esto es peligroso por el efecto imitación tanto para las mujeres como para los hombres, porque los chicos ven que lo que triunfa es la violencia.
Las series de Netflix sobre criminales reales suelen funcionar muy bien. ¿Qué dice esto de nosotros como espectadores? ¿Los creadores tienen conciencia del impacto social que pueden tener?
— En este tipo de ficciones la narrativa cada vez ha pivotado más hacia la figura del asesino. Ya no es un asesino que queramos que dé miedo o provoque rechazo, sino todo lo contrario: queremos que sea atractivo, que sea ambivalente –que sea peligroso, pero que tenga una parte seductora– como el protagonista de You. Cuando se encarga la ficción de Ted Bundy a Zac Efron, que es un actor que viene de hacer High School Musical y Los vigilantes de la playa, esto tiene una intención clara de sexualizar y romantizar la figura del asesino. Poco a poco, las víctimas acaban convertidas en un número o en un nombre. No sabemos nada de ellas, pero del asesino sí.
Una de las últimas entregas de Monstruo, la saga de asesinos creada por Ryan Murphy, está centrada en una asesina, Lizzie Borden. ¿La recepción de estas historias cambia cuando la protagonista es una mujer?
— Creo que sí. Aquí tenemos el caso de Rosa Peral, que también ha pasado a la ficción. Pero creo que el arquetipo del asesino guapo no funciona tanto porque tengo la sensación de que en la ficción la figura de la mujer todavía está más reducida a víctima. La mujer asesina, peligrosa e, incluso, empoderada, ya no nos gusta tanto. En estos casos sí que juzgamos y vamos más a saco contra ella. Todavía se penaliza mucho.
En el caso de las mujeres asesinas, ¿también reciben cartas de amor en la prisión?
— Algunas sí. Por ejemplo, hay una mujer que mató a un niño en las Canarias que tiene una nueva pareja que es una mujer catalana. Se enamoraron sabiendo que ella había matado al niño y había escondido el cadáver.
¿Crees que en algún momento el furor por el true crime bajará?
— Yo, ahora mismo, no veo que tenga que haber una crisis o un agotamiento del formato. Creo que, afortunadamente, de true crime, hay de muy diverso. Es un género que no se ha inventado ahora, viene de la crónica negra de toda la vida. Se puede hacer con una cierta responsabilidad y criterios éticos. En el true crime la prueba es si nos sentimos cómodos cuando hablamos de gente cercana. Es muy fácil hacer una ficción que ocurre en Arkansas, pero cuando ocurre cerca de nosotros y pensamos que aquel producto quizás lo verán los hijos de las víctimas y que todo el mundo hablará de ello en la escuela, la cosa cambia un poco. Es la prueba del algodón. Todos los periodistas de sucesos con los que he hablado me decían que no tienes que perder de vista que la víctima es la protagonista y que no se deben promover productos que generen un segundo juicio. También me decían que los asesinos, vistos de cerca, son muy cutres. El Hannibal Lecter que escucha ópera, va a Florencia y es una persona muy refinada mientras se come un cerebro con una cucharita de plata solo se ve en el cine.