Una escena del U.S. Open de tenis en Flushing Meadows, Nueva York, Estados Unidos.
13/09/2026 - 18:02 h.
Periodista i crítica de televisió
2 min

El domingo pasado, en el US Open, un nuevo altercado en la grada volvía a convertir al público en protagonista del torneo. Esta vez era un espectador excesivamente desinhibido por el efecto de alguna sustancia. Los testigos apuntaban al consumo excesivo de alcohol. En la imagen, un miembro de seguridad se acerca al individuo para echarlo. El hombre de la camiseta azul, gesticulando, increpa al tenista Jakub Mensík. El checo se enfrentaba al estadounidense Learner Tien en la tercera ronda. El fotógrafo de Reuters Jerry Lai capta el instante en que algunos espectadores, indignados, señalan al individuo para que lo expulsen. Desde que empezó el torneo los jugadores han criticado el comportamiento del público: Sabalenka, Mensík, Osaka, Mannarino y Boulter se han quejado porque el alboroto en la grada les rompe la concentración para el juego: grupos de influencers grabando promociones y coreografías durante los partidos, aficionados haciendo ruido para distraer al rival de su jugador preferido, fumadores saltándose las prohibiciones del recinto o personas circulando arriba y abajo entre el público para tomar cócteles. De fondo, el tufo de marihuana que se esparce por Flushing Meadows y que la brisa de Nueva York transporta hasta la pista.

La imagen se podría interpretar como un retrato de la sociedad actual, más individualista e incívica. Cada vez es más habitual encontrar personas poco respetuosas con los demás. Utilizan el espacio público compartido como si fueran sus dueños. Pero la organización del US Open también es responsable de este escaparate lamentable. En beneficio de la repercusión mediática los grandes eventos se usan como simples contenedores comerciales. El torneo ha otorgado este año un centenar de acreditaciones a influencers, el doble que el año pasado. Una veintena de estos personajes estaban especializados en promoción de comidas y bebidas. Nada que ver con el mundo de la raqueta. El US Open ha convertido el campeonato en un decorado para exhibir la experiencia de estos invitados haciéndoles creer que son ilustres. Las marcas los honran con todo tipo de lujos para que publiciten los productos. El entorno del tenis, asociado siempre a un cierto estatus social, les proporciona un disfraz de prestigio. En las redes sociales incluso los más miserables aparentan la vida de un magnate. Mientras en la pista los tenistas compiten por el título, en la grada el público compite por ser visto. Cree que el espectáculo tiene sentido gracias a su presencia.

Ante este panorama desolador, Wimbledon ha tranquilizado a los aficionados confirmando que seguirá vetando el acceso de influencers, como ha hecho hasta ahora. Las normas del All England Club han sido siempre muy estrictas en cuanto a la conducta, las grabaciones con móvil y los objetos que se pueden introducir en la grada. Su glamur se quiere limitar a las grandes estrellas que, silenciosas y elegantes, solo mueven la cabeza de izquierda a derecha y viceversa para seguir la pelota amarilla. El problema de las pantallas no es solo la adicción sino la plaga de estulticia humana y los delirios de notoriedad que fomentan.

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