El PP quiere forzar la maternidad

¿Qué hacemos las mujeres que no tenemos un hijo detrás del otro? ¿Qué nos hemos pensado, de no querer servir a la especie engendrando nuevos seres humanos sin parar?

El PP parece resucitar el viejo fantasma de Ruiz Gallardón, el ministro que se cavó su propia tumba política hace trece años con su intento de acabar con la ley del aborto. Entonces el movimiento feminista le paró los pies de manera contundente. Pensábamos que la derecha española no volvería a defender los postulados ideológicos que pretenden socavar la soberanía de las mujeres sobre sus propios cuerpos. Socialmente, todo apunta a que es un tema superado, como lo es el del matrimonio entre personas del mismo sexo, pero en la carrera de los de Feijóo por no dejarse ganar terreno por Vox han decidido volver a poner en el centro del debate una conquista que está más que consolidada. Entre otras cosas porque de lo que se trata es de coartar a las ciudadanas, someterlas y dominarlas en un terreno en el cual, por razones biológicas, nos jugamos mucho más que los hombres: el de la libertad sexual, que solo es libertad para todos si se desliga de la reproducción. Dudo mucho que la mayoría de mujeres que votan a la derecha estén dispuestas a volver a un modelo tradicional, el de la prisión del género (que es el conjunto de estereotipos, el entramado de normas que debemos obedecer y no una identidad libremente elegida como defienden algunas voces que no son feministas). Entre otras cosas porque en el PP hay muchas señoras que si están ahí es porque el movimiento por la igualdad ha conseguido que puedan estarlo, porque ellas mismas ya no se dedican única y exclusivamente a tener hijos o a “sus labores”. Pero como en el partido deben mandar los señores, parece que ellas también adoptan este posicionamiento que les va en contra, por interés partidista, aunque después puedan vivir las consecuencias negativas. O quizá se piensan que un recorte en los derechos reproductivos no les afectará a ellas ni a sus hijas. O es todo pura impostura y doble moral y mientras la señora Ayuso se desgañita en la Asamblea de Madrid hablando de los derechos de los zigotos y la sección femenina de los populares repite sus consignas, no recuerdan los abortos que deben haber tenido ellas mismas. O las píldoras del día después, que estarían prohibidas de facto si desde el mismo momento del coito un óvulo fecundado ya es una persona jurídica de pleno derecho. ¿O a ellas no se les ha roto nunca un condón ni les ha fallado la pastilla o no han tenido un impulso de aquellos que llevan a un embarazo no buscado? Ni, claro está, no han practicado el método Ogino, de quien hay tantos hijos por este mundo. Debe ser que las populares son castas y lo hacen por el agujero de la sábana solo cuando quieren engendrar criaturas.

En este caso, la gravedad de la reacción conservadora (en lo que respecta a los derechos, en el terreno económico ya sabemos que son ultraliberales) se agrava por la falta de conciencia feminista y de solidaridad con las situaciones que viven otras mujeres. El aparato del cual forman parte las doblega y las somete a un régimen de discriminación por el hecho de ser mujeres, como demuestra el ejemplo de la humillación pública y ejemplarizante de María Guardiola en Extremadura. Pero todavía es peor el ejemplo de Ayuso, que sufrió un aborto espontáneo y sabe muy bien el dolor que provoca una interrupción del embarazo, tanto si es deseado como si no. Si tuviera un mínimo de empatía podría ponerse en la piel de las que se ven obligadas a pasar por el procedimiento y a entender que ninguna de ellas elige de manera frívola y por capricho pasar por un trance tan doloroso. Ahora lo más difícil será convencer a una juventud que se deja seducir por unos valores conservadores que no han sufrido nunca como sistema establecido por ley, para que defiendan un avance que echarán de menos si lo pierden.