Presupuestos: lo posible y lo imposible
Hace pocos días murió un pensador clave del siglo XX. Jürgen Habermas, alemán, nació en 1929, con la Gran Depresión. Vivió la derrota de 1945, la Constitución redactada por los aliados para la nueva República Federal de 1949, la crisis de la RDA en 1989 y la reunificación, y lamentó la oportunidad perdida que representó no hacer una nueva constitución para Alemania en 1990. Habermas defendía una realidad política basada en tres principios: la de la promueva la participación y la transparencia informativa. Consideraba que el individuo debe ser capaz de distanciarse de los hechos y debe ejercer un juicio propio, pensar por sí mismo, pero su opinión ha sido en buena parte olvidada. Observaba con preocupación la deriva de la tecnocracia y el olvido de la solidaridad. Fue un conciliador político y un representante de la escuela de Frankfurt y del pensamiento germánico más europeo, de la contención y del análisis. Un ancla para la estabilidad. Su desaparición es una pérdida para Europa. Dijo en múltiples ocasiones que la patria de los europeos debía ser Europa y no las pequeñas patrias nacionales. Habermas pensaba a lo grande.
En Cataluña tenemos debates políticos de altura limitada. Se ha puesto el énfasis en lo secundario y se ha olvidado lo principal. Con una excepción: la aprobación de los presupuestos de 2026. La política debe estar al servicio de la ciudadanía y no de los partidos. Ya lo dijo Unamuno: "A los catalanes les pierde la estética".
Para la aprobación de los presupuestos es necesario el voto positivo de ERC, voto que en un principio ERC no quería dar por falta de compromiso explícito del PSC —con fecha y procedimiento— para la recaudación del IRPF. Este impuesto depende hoy del gobierno central, que se niega a concretar el traspaso por una razón política comprensible: su debilidad en el Congreso.
Sin embargo, hay una cuestión práctica insuperable a corto plazo: recaudar el IRPF requiere una estructura administrativa que no existe y que debe movilizarse. La Agencia Tributaria catalana está lejos de tener la capacidad que se requiere, y dotarla de los medios y el personal —personal de alto nivel— para ello necesita tiempo. Contratar y entrenar a dos mil personas no es fácil y, sin tiempo suficiente, imposible. Y hacerlo sin garantías es un riesgo que no puede correrse, por la pérdida de ingresos fiscales que podría suponer. Además, es innegable que la Hacienda pública es eficaz y degradar el nivel de profesionalidad sería un error. Más importante que recaudar es tener garantizado el automatismo de la distribución. Que ya tenemos.
Si no hay buenas preguntas, no puede haber buenas respuestas. Con las propuestas ocurre lo mismo: si no son sólidas, no puede haber buenos resultados. Sobre financiación existen dos cuestiones clave que se han olvidado. Primero, que hay que asegurar la ordinalidad por ley, ahora sólo asegurada para 2026. Y segundo, que este principio debe regirse por habitante, y no por habitante "ajustado". Mantener el ajuste permitiría que el gobierno central obtenga los resultados que le convengan aplicando criterios distintos.
A finales de la semana pasada llegamos a un punto muerto en la negociación. Y un hecho que llama la atención es cómo se han dejado de plantear otras cuestiones importantes para el país y la ciudadanía. Hay huelgas de maestros por los problemas en enseñanza; hay huelgas de médicos por las deficiencias en el sistema; el mal funcionamiento de Cercanías afecta a dos problemas de máxima importancia: la vivienda y la productividad. Son servicios esenciales y descuidados. Tener nuevos presupuestos supondría, a futuro, 4.700 M€ más de ingresos. Una razón más para su aprobación.
Del punto en el que se encuentran actualmente las relaciones entre gobierno central y Generalitat se podría inferir que el desenfoque de las prioridades en la negociación hace difícil una solución plausible. Puede parecer que ERC negocia más acorde con la política que con los hechos, más acorde con el principio de "hacer lo que he dicho y ahora debo mantener para no perder imagen" que por lo que es importante para la ciudadanía.
Habermas es el filósofo del promedio, una figura de mediación al servicio de la conciliación política. Confía en la racionalidad comunicativa para restaurar el optimismo ilustrado y la confianza en el ágora política. Como dice Thomas McCarthy desarrollando una idea de Habermas: "Los procedimientos formalmente correctos pueden legitimar decisiones sólo si son parte del sistema político reconocido como legítimo, porque lo sostienen fundamentos aceptados". La discusión entre ERC y la Generalitat no se mueve en este marco: discrepan sobre los detalles y no sobre los conceptos de lo acordado.
Oriol Junqueras ha tenido problemas en el partido. Me atrevo a decir que por esta razón procura mostrar coherencia en los compromisos. Sin embargo, esto no debería condicionarlo todo, ni demasiado. Ampliar el marco de la negociación sería plausible por permitir que se traduzca en resultados. Es, posiblemente, lo que Habermas haría en su sitio: buscamos un acuerdo global en lo que ahora es posible y aplazamos el acuerdo final en aquellas cuestiones concretas que hoy se revelen imposibles, como, por ejemplo, la recaudación del IRPF. Que el líder de ERC piense y saque sus propias conclusiones. Habermas puede serle útil como inspiración en esta negociación.
El miércoles, la Generalitat y ERC hicieron lo necesario: ampliar el campo de negociación, eliminar líneas rojas —la recaudación del IRPF es importante, pero no esencial— y darse más tiempo. Que se haga es motivo de satisfacción, en este caso de orientación de la política a los resultados. Que los políticos demuestren tener sentido común es un motivo de confianza para los ciudadanos. Ninguna lección a nadie, pero está bien el regreso a la racionalidad.