Profanar la Maternidad de Elna
Como ha dicho en las redes el escritor Joan Lluís Lluís, que la Maternidad de Elna esté bajo el control de los fascistas de Reagrupament Nacional es un hecho repugnante. También doloroso, por su fuerte contenido simbólico. Para quien no esté al caso, la Maternidad de Elna fue una institución sanitaria que fue fundada en 1939 por la pedagoga y filántropa suiza (también se la conoce como Maternidad Suiza) Elisabeth Eidenbenz en el término de la población de Elna, en la comarca del Rosselló de Argelès. Su finalidad era acoger y ayudar a las mujeres embarazadas que se veían obligadas a huir exiliadas a causa de la Guerra Civil española. Estuvo en funcionamiento hasta 1944, cuando la cerraron los nazis durante la ocupación de Francia, y hasta comienzos de los años dos mil no se recuperó su memoria. Entonces el ayuntamiento de Elna adquirió el edificio para convertirlo en un memorial. Para conocer su historia, son recomendables los libros de la historiadora Assumpta Montellà sobre Eidenbenz y la Maternidad de Elna, así como el documental —coproducido por TV3— La luz de Elna, dirigido por Silvia Quer.
Habrá quien diga que, precisamente porque Regrupament Nacional ha ganado las elecciones en la Catalunya Nord, podemos ahorrarnos las lamentaciones: ésta ha sido la voluntad de la ciudadanía, y no hay más que discutir. Sin embargo, mirarlo sólo de esta manera sería incurrir en una tergiversación. Venimos del siglo XX y por tanto sabemos (tocaría saber) que las victorias electorales de la extrema derecha, lejos de demostrar el óptimo funcionamiento de la democracia, indican siempre una disfunción. La extrema derecha no hace más que utilizar los mecanismos de la democracia liberal (sufragio, representatividad, instituciones, división de poderes) para hacerse con sus centros de poder y controlarlos para su conveniencia. Son parásitos del sistema, que acceden al poder y se mantienen mediante la utilización constante de la mentira y los discursos.
Cuando esta disfunción se produce, cabe preguntarse qué hace posible. Que las izquierdas se encuentran desorientadas y no saben dar respuesta a las preguntas y necesidades de la población en un mundo sometido a múltiples crisis, es una parte de la cuestión (también es un cliché para analistas perezosos y cínicos, que lo repiten como disco rayado). Los intentos de las derechas tradicionales por incorporar parte de los discursos y los mensajes de la extrema derecha y así frenar su impacto en las urnas tampoco parecen haber funcionado nada bien: así sólo hemos conseguido gobiernos como los de Alemania, Francia o Reino Unido (gobiernos de centroderecha o centroizquierda que imitan a la extrema derecha), o directamente. Mientras, la Unión Europea también se muestra incapaz de dar una respuesta (de mensaje y de acción política) para impedir que los fascistas de los años veinte del siglo XXI se diviertan profanando los memoriales que se levantaron contra sus antecesores del siglo XX.