Carlota Gurt

Queman, se apagan

Solsticio, lo dijo una amiga mientras hablaban de los planes de San Juan en el porche de los padres (ausentes) de una de la pandilla. Si ella no hubiera sido una fanática de la astrofísica, quizás la palabra habría pasado de largo sin más. Pero ella sabía con exactitud matemática qué significa el solsticio. Quiere decir que el eje de rotación de la Tierra tiene una declinación de 23 grados y 26 minutos, con lo cual es el día que proyectamos una sombra más pequeña. Vivimos calentados por el sol.

Pero todo esto ella no lo pronunció, solo dijo:

—En la playa no, eh.

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Porque no soportaba tener la sensación de estar adentro de un anuncio de cervezas reproduciendo tópicos como quienes colecciona cromos: cohetes, hoguera, una guitarra o unos altavoces que vibran, sonrisas, nalgas, bíceps, pechos, miradas, unos besos calientes, todo domesticado y bajo control. Pero petardos sí que quería, así que añadió:

—Y tenemos que explotar algo.

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Las explosiones le gustaban. La vida, el mundo, avanzan a golpe de explosiones, solía decir. El origen del universo, por ejemplo, un punto de densidad infinita y: ¡bum! Las estrellas que flotan por el cielo son todavía los chispazos de aquel petardo colosal. Se levantó y fue hasta el límite del porche para verlas. Parecían sal esparcida sobre un mantel negro. Quizás fue esto, el Big Bang: un salero explotando.

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Desde aquel porche vio las agaves de primera línea de mar, con las hojas lanceoladas y llenas de pinchos; pensó que eran una explosión verde a cámara lenta. Y también recordó el verano anterior con la barca del padre y los fuegos artificiales que estallaban cuando la quilla desgarraba el agua y el mar se rompía en mil pedazos.

—Calimochos —dijo una de fondo.

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No sabía que después vendrían los vómitos explosivos y rojos; parecían hechos de sangre y la sangre atrae a los vampiros, los tiburones, los monstruos. Tampoco sabía que los monstruos existían; resulta que tenían quince años más que ella y no vivían bajo la cama, sino en la tienda de al lado de casa de los padres. No podía intuir que aquella verbena se los encontraría en una fiesta y que en medio de la niebla mental, entre los chasquidos de los petardos y el resplandor de la hoguera, la arrastrarían a un matorral y le tatuarían recuerdos feos en el cuerpo. Una implosión es una explosión desde dentro. La vida a veces estalla, revienta, salta por los aires.

Solsticio, dirá en treinta años su hija adolescente mientras comen.

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Y la palabra se le encenderá dentro de la cabeza como una bengala, con el tumulto de los chispazos, estos fragmentos fugaces de luz que te hipnotizan y a veces te queman. Bengalas, recuerdos, palabras, estrellas: no son cosas tan diferentes. Queman, pero al final se apagan. Incluso las que nos calientan.

Carlota Gurt es escritora y traductora. Ganó el premio Mercè Rodoreda 2019 con la compilación de cuentos Cavalcarem tota la nit (Proa) y ha publicado la novela 'Sola' (Proa).