¿Quién quiere dormir en Tuset?

1. La vida pasa y vamos normalizando todo, con una resignación entrenada. Las listas de espera, la dificultad para tener una vivienda digna, la inflación que amenaza con dispararse o la resistencia del catalán son las preocupaciones de un día a día que afrontamos de manera estoica y, quizás, con un exceso de comprensión. Para otros –más allá de las caravanas en la AP-7 por la operación salida o por la operación vuelta–, la gran preocupación parece ser la enésima lesión muscular de Raphinha. En las radios se habla tanto o más que de Trump y de Irán. Para huir de nuestras miserias asumidas, las guerras, la destrucción y la muerte, en Ucrania o en Asia oriental, la gente tiene necesidad de reír. Lo noto en el Teatre Condal. Representan Una idea genial, la comedia más premiada en Francia. La adaptación al catalán de Susanna Garachana es acertada, rigurosa y afinadísima. El protagonista, Lluís Villanueva, ya puede ir haciendo espacio para recoger todos los premios de interpretación por un montaje que le obliga a un frenesí extenuante. Una hora y media de carcajadas. La gente sale mejor de como había entrado.

2. El sábado por la tarde hacía buen tiempo y, por esa adicción de las 10.000 pasos al día, decidí caminar desde la zona alta hasta el teatro. Elegí una ruta con poco tránsito, para ir girando hacia el Paral·lel. A la sombra de Tuset empezaba a haber gente joven, en conversaciones con un vaso de plástico en la mano. Todos ellos con el mismo corte de pelo, todas ellas con vestidos similares y, ya a esas horas, muertas de frío. El ambiente de Enric Granados era diferente. De arriba abajo, un restaurante pegado a otro, con todas las terrazas llenas. Daba igual un japonés que un italiano, uno de carnes al por mayor, una vermutería de toda la vida, una heladería con una cola infinita... Casi no se oía catalán. Y castellano tampoco. La variedad de idiomas y de familias era un catálogo de Benetton. No me extraña que los expats y el turismo se enamoren de Barcelona y de una calle como esta. O del nuevo Consell de Cent, verde y pacificado. Hice cinco esquinas. Los comercios son más variados que en Enric Granados y, a medida que te alejas de Cataluña en dirección España (hablo de plazas, no de estados), las tiendas son más populares y mal iluminadas. En el largo tramo de ronda Sant Antoni, tan bien pavimentado hasta el Mercado, cambia el perfil social. Si prestas atención, predomina el árabe. La gente está en la calle para no estar en casa. Aprovechan los bancos públicos para controlar –más o menos– a los niños que juegan a la pelota o te atropellan en patinete.

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3. Los cuatro calles descritos tienen, en alguna farola, un mismo cartel colgado por parte del Ayuntamiento: “Respetad el descanso del vecindario”. En Tuset, Enric Granados, Consell de Cent y Sant Antoni, la gente es diversa, el tipo de ocio también, pero el denominador común es que los vecinos están hasta las narices del ruido nocturno. Las fiestas de las discotecas y bares musicales de la calle Tuset no se hacen, tan solo, en el interior de los locales. La algarabía, masiva, ha conquistado las aceras y la calzada central, donde hasta es difícil que un coche pueda pasar sin riesgo. Cuanto más avanza la noche, peor. Con las quejas de los vecinos, se mean. Literalmente y metafóricamente. Las protestas organizadas, en Tuset y en Enric Granados, hasta ahora han servido de muy poco. Las calles han muerto de éxito y los vecinos, con tapones en los oídos, se ponen el colchón en las habitaciones interiores para intentar dormir antes de que salga el sol. Por la mañana, los porteros de las fincas tienen que limpiar los vómitos a golpe de manguera. Ayer el ARA hacía un especial sobre la felicidad. Los parámetros del World Happiness Report para medirla tenían en cuenta el PIB per cápita, la esperanza de vida, la libertad, el apoyo social, la percepción de la corrupción y, hasta incluso, la utopía. En ningún momento vinculaba el derecho a dormir y la felicidad. Que vayan a Tuset a hacer la encuesta. El insomnio provocado no se normaliza.