¿Realmente hemos perdido comba respecto a Europa?

Una de las palabras que más usamos los economistas es “depende”. Puede que nos guste hacernos los interesantes o buscar tres pies al gato, pero sobre todo pasa porque la realidad es compleja y las preguntas que nos hacemos difícilmente se pueden contestar con un sí o un no. Es lo que creo que pasa con la pregunta del título: depende de cómo lo miremos.

A primera vista, los datos parecen claros: nuestro producto interior bruto (PIB) per cápita –que es el valor de los bienes y servicios que producimos dividido por la población total– ha pasado de estar un 6% por encima del nivel de la Unión Europea en el año 2000 a un 6% por debajo el año pasado. No quiere decir que el PIB per cápita no haya crecido, pero lo ha hecho de manera menos intensa en Cataluña que en la Unión Europea (UE). Como resultado, hemos pasado de un nivel equivalente al 106% de la UE a un 94%, una pérdida relativa de 12 puntos.

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Pero, ¿es el conjunto de países de la UE la mejor referencia para valorar el comportamiento de la economía catalana? Hay que tener en cuenta que los datos de la UE reflejan su composición actual de veintisiete países miembros y, entre estos países, había unos cuantos que hace 25 años tenían unos niveles de renta muy inferiores a los de Cataluña o a los del conjunto de la UE. El PIB per cápita de Polonia, por ejemplo, no llegaba al 30% del nivel de la UE, y el de Rumanía quedaba por debajo del 10%. Ahora se acercan al 60% y el 50%, respectivamente. El fuerte crecimiento de estos países, junto con otros que también partían de posiciones muy atrasadas como los bálticos, la República Checa, Eslovaquia o Hungría, explica buena parte de la mejora de la UE en relación con Cataluña.

Cuando comparamos Cataluña con un grupo de países más parecidos, la conclusión es que estamos, en términos relativos, allí donde estábamos en el año 2000. Por ejemplo, nos podemos comparar con el grupo de once países que formaban la zona del euro al principio (digamos Euro11): Austria, Bélgica, Alemania, España, Finlandia, Francia, Irlanda, Luxemburgo, Holanda y Portugal. En comparación con el Euro11, el PIB per cápita de Cataluña era equivalente al 84% en el año 2000 y se mantenía en el 84% el año pasado. Que no hayamos convergido es una mala noticia, pero no es tan mala como la lectura que podíamos hacer de la comparativa con la UE27.

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La falta de convergencia en PIB per cápita en términos relativos puede tener, de entrada, dos posibles explicaciones: la evolución de la productividad en Cataluña con relación a la Euro11 no ha sido lo bastante favorable o bien la proporción de personas ocupadas sobre el total de la población no ha crecido más en Cataluña. Al fin y al cabo, el PIB per cápita puede crecer porque aumenta el porcentaje de la población ocupada en producir bienes y servicios o porque quienes se dedican a producirlos han mejorado su productividad (el PIB por ocupado). Pues bien, aunque pueda parecer sorprendente, la productividad relativa no ha sido culpable: de hecho, la productividad de los ocupados en Cataluña ha pasado de estar a un nivel del 77% de la Euro11 en el año 2000 al 83% en el año 2025, una mejora en términos relativos. Pero esta mejora no se ve reflejada en el PIB per cápita porque no hemos generado tanta ocupación respecto del crecimiento de la población como la que ha generado el grupo de la Euro11. Esto nos recuerda que debemos prestar mucha atención a cómo capacitamos a las personas que han de acceder al mercado laboral y a cómo damos apoyo e incentivos a quien no tiene trabajo para que busque, encuentre y acepte uno.

Todo esto no quita que tengamos un problema grande con la productividad. A largo plazo, la productividad es el principal determinante del nivel de vida de un país. El incremento en la proporción de personas ocupadas o la cantidad de horas que trabajamos tiene un límite evidente. En cambio, la productividad no tiene límites: siempre puede seguir mejorando. Que lo hayamos hecho un poco mejor que la Euro11 es poco consuelo. Primero, porque partíamos de niveles más bajos y, aunque nos hemos acercado un poco, seguimos lejos: la diferencia de productividad supera el 15%. Pero segundo, aún más importante, porque la evolución de la productividad en la Euro11, y en la UE en general, ha sido bastante mediocre en lo que llevamos de siglo. Tanto nosotros como ellos debemos aspirar a mucho más.

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A menudo se ha argumentado que la composición sectorial de nuestra economía ha sido un lastre para la mejora de la productividad relativa respecto a la UE. Pero los datos no confirman esta tesis. El problema de productividad es transversal. Los cambios en la composición sectorial han sido cuantitativamente demasiado limitados para tener un efecto material sobre su evolución. El problema no es qué producimos, sino cómo lo producimos.