Una revuelta de maestros por la dignidad de la educación

Las calles están llenas de "La dignidad de la educación", escrito en enormes pancartas. Es lo que reivindican las manifestaciones y las huelgas de los maestros. El no rotundo al pacto que han alcanzado los representantes sindicales, con el gran abucheo a la representante para decirle "Somos nosotros quienes estamos en el aula" y "No era una cuestión de sueldo", nos revela en qué momento estamos. No, no se trataba de las condiciones laborales, solamente, porque lo que quieren los docentes es poder ejercer como es debido su profesión. Lo han dicho muy claro: el bienestar no es únicamente cuestión de condiciones laborales; lo que se reivindica es ejercer la profesión con dignidad.Al malestar docente se le añade ahora una fractura en la representación sindical. ¿Quién representa a los maestros? Es muy acertada el análisis de Jordi Muñoz en cuanto a la pérdida de mediaciones institucionales, que en el caso de la educación se traduce en una crisis de la propia escuela como institución: cuando las formas clásicas de representación y de gobierno del conflicto tambalean, también se vuelve más frágil la capacidad de la escuela para sostener un marco compartido de sentido, autoridad y confianza profesional.

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La situación actual de la escuela y del profesorado, tanto en Cataluña como en el País Valenciano, muestra un patrón compartido que va más allá de conflictos puntuales: es una tensión estructural en la manera como se está gobernando la educación. Las movilizaciones recientes en ambos territorios –ciclos de huelgas, rechazo de preacuerdos y protestas sostenidas– expresan un malestar acumulado ante la sucesión de reformas, cambios normativos y demandas crecientes que impactan en el trabajo cotidiano de los docentes. A la complejidad que se vive en las aulas hay que añadirle permanentes cambios curriculares, nuevos sistemas de evaluación, despliegue desigual de la inclusión, debates recurrentes sobre metodologías y tecnologías –ayer pantallas sí, hoy pantallas no– y una falta persistente de recursos para hacer viables tantas exigencias. Todo ello configura un escenario inestable, en cambio permanente. La escuela incorpora continuamente nuevas exigencias sin disponer de las condiciones necesarias para sostenerlas.

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¿Qué hay ante la avalancha de los cambios? Pues unas políticas de plantillas en las que la temporalidad hace imposible consolidar equipos estables y una falta de autonomía de los centros que hace muy difícil un liderazgo real por parte de las direcciones escolares. Frente a tanta inestabilidad institucional, las huelgas no aparecen como un episodio aislado, sino como la expresión visible de un malestar profesional colectivo que se reproduce en diferentes territorios y que revela una misma pregunta de fondo: ¿cómo sostener una escuela a la que cada vez se exige más sin darle ni el reconocimiento ni la dotación necesarios para ejercer su función con estabilidad y con sentido compartido?Hace dieciséis años, en un seminario de aquellos tan añorados que organizaba entonces la Fundació Jaume Bofill, tuvimos la oportunidad de invitar al sociólogo francés François Dubet y debatir con él sobre su libro El declivi de la institució. Era el año 2010, y en el debate se vislumbraba la transformación de fondo: la escuela ya no opera como una institución estable que articula un proyecto común, sino como un sistema sometido a demandas múltiples y a menudo contradictorias. En este escenario, el profesorado deja de ser percibido –y de percibirse a sí mismo– como un sujeto con criterio profesional consolidado. Pasa entonces a ocupar una posición de mera ejecución en un entorno de reformas sucesivas.Desde este punto de vista, las movilizaciones docentes adquieren un sentido profundo: el conflicto actual no es un signo de desconexión del profesorado con el sistema escolar sino, paradójicamente, una forma de reivindicar su sentido. La movilización docente puede leerse como una defensa de la dignidad de la educación y de la tarea de los maestros. Maestros que no quieren ser un engranaje más de la administración y se reivindican como pieza central de una institución que solo puede funcionar si es reconocida, sostenida y escuchada. Evitem verlo como una respuesta reactiva, porque lo que emerge ante nuestros ojos es un vínculo fuerte entre profesionales. Del vínculo fuerte nace la revuelta. Hay que apoyar a los maestros y escucharlos ahora que desbordan las dinámicas sindicales. Allí donde la escuela tiende a ser vivida como un servicio sometido a la satisfacción inmediata de demandas individuales, las protestas reclaman recuperar la institución escolar. Basta de regirnos por una suma de preferencias según de dónde sople el viento. La escuela es el espacio donde –con los maestros como protagonistas– se construye un bien común, educativo y democrático.