Robots que bailan

Me ha impresionado, y no solo a mí, la espectacular exhibición china –el pasado lunes– de robots humanoides bailando con una destreza que asociábamos con bailarines humanos expertos. El hecho me sugiere tres comentarios.

1. ¿Para qué sirven? La apariencia humana es irrelevante para un robot que sustituye en su puesto de trabajo al operador de una máquina. Pero podría serlo cuando se trata de sustituir servicios que ahora proveen a los humanos. La sustitución podría producirse si el coste del robot humanoide fuera asequible y si los humanos no valoraran de forma intrínseca que el proveedor de servicios fuera un humano. Tengo pocas dudas de que los precios no serían un obstáculo fundamental. Pero también creo que la propensión a eliminar puestos de trabajo hasta ahora ocupados por humanos será mayor en la manufactura o servicios a distancia que en los servicios personales presenciales. El contacto y el compañerismo humano cuentan. Lo que, dicho sea de paso, puede ayudar al equilibrio global de la economía, en la medida en que el envejecimiento de la población lleve a un aumento compensatorio del empleo en acompañamiento y cuidados. Cabe decir también que estas últimas, provistas por personas, mejorarán en eficiencia, calidad y seguridad por la utilización de útiles robóticos que incorporen una IA avanzada. Y que asimismo pueden complementarse con robots humanoides y animaloides lo suficientemente lindos para generar satisfacción emocional. En cuanto al robot que baila, mi opinión es que no sustituirá tampoco al humano que baila, salvo quizás cuando éste lo hace en un papel muy secundario. Contemplar los límites –rápidamente cambiantes– de lo que puede hacer una máquina o los límites –muy lentamente cambiantes– de lo que puede hacer un humano son ejercicios distintos. Pero ambos interesantes.

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2. ¿Qué vendrá? Las empresas que nos ofrecen robots que bailan no lo hacen para que crean que el mercado de servicios de baile es tan extenso que la oportunidad de negocio es muy grande. Por más que el efecto demostración generará pedidos, lo hacen primordialmente como una forma de exhibir la calidad y la potencia de su tecnología. Y de posicionarse, ya que todavía queda mucho camino por recorrer. Estamos en la etapa en la que un robot puede hacer un número de baile tan humano que nos deja boquiabiertos, y en el que un conjunto de robots pueden desplegar una coreografía compleja con humanos cooperativos. Como una representación de ballet. Es previsible que en los próximos años pasemos de poner el foco en representaciones a ponerlo en competiciones entre equipos de robots. Pero todavía no nos acercamos al punto en el que un conjunto de robots humanoides puedan aguantar una relación no cooperativa con un grupo de humanos. Ésta será la próxima frontera. Imagínense, por ejemplo, que de un laboratorio del Barça –o del Espanyol, o del Girona o de Can Piqué– saliera el diseño de un reto –con un premio no simbólico– por un equipo de robots físicos que fuera capaz de ganar al equipo humano patrocinador. El diseño, como viene siendo habitual en las competiciones deportivas, debería incluir prescripciones físicas para los equipos de robots que hicieran de la destreza el factor competitivo decisivo. O si lo desea, imagínense con el tenis. En las competiciones intelectuales entre la IA no robótica y los humanos ya tenemos situaciones –como en las medallas en olimpiadas matemáticas– en las que la IA ha estado a la altura de los mejores humanos.

3. ¿Momento Sputnik? Me pregunto si el nivel o, sobre todo, el dinamismo de la tecnología china serán un momento Sputnik para EE.UU. Es decir, un momento en el que se dan cuenta de que si no reaccionan pueden perder una carrera estratégica vital. Las capacidades necesarias para reaccionar, EEUU las tiene con creces. Robots que bailan igual de bien, o mejor, están a su alcance. Pero que reaccionen dependerá de qué sensibilidad se imponga en la política. No avanzará si es la de Trump del negacionismo climático, el retorno al petróleo, la hostilidad contra las universidades o el escepticismo hacia las vacunas. En todo esto China mira al futuro y EEUU al pasado. Pero EEUU también es el país a la vanguardia de las tecnologías digitales, de la IA y de muchos ámbitos de la ciencia, y sus universidades siguen siendo líderes. Cuesta creer que no apostarán por estas fortalezas.

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El caso de Europa es diferente. Aquí el consenso es grande sobre la importancia estratégica de una reacción basada en la ciencia. Pero carece de la capacidad política para hacerla. Ojalá la evidencia de que podemos quedar ahogados entre las potencias tecnológicas de EE.UU. y de China catalice una reacción.