Rosalía y el arte de lo posible

A juzgar por las crónicas rendidas de admiración de los críticos que están siguiendo los conciertos de Rosalía, la cantante continúa convirtiendo sus actuaciones en hitos de la expresión artística al límite de la perfección vocal, la exuberancia musical, la espectacularidad visual y la riqueza conceptual. De la reacción de los seguidores ya no hace falta ni hablar. Dentro de pocos días viviremos el fenómeno en el Palau Sant Jordi, ante un público que ya irá entregado de casa, pero que debe estar viviendo esta avalancha de elogios a la artista como la anticipación excitada de una noche inolvidable.

De cómo una cantante y compositora de treinta y tres años de Sant Esteve Sesrovires ha alcanzado el culto mundial y de cómo ha sabido conectar con la intimidad de multitudes de culturas diferentes ya se debe haber escrito todo. Pero me interesa remarcar el valor que tiene el hecho de que, cuando se pondera la obra de Rosalía, siempre acabe apareciendo la idea de que, a pesar del inevitable marketing, transmite verdad, que estamos ante una profesional con una obsesión perfeccionista por los detalles y, al mismo tiempo, ante una cantante que entrega al público letras, músicas e instrumentaciones muy personales.

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Y en una época en que las pantallas tienden a convertirnos en espectadores, lo más destacable de Rosalía es cómo se ha convertido en protagonista, cómo ha dado forma a la fuerza interior que la impulsaba y con qué originalidad y modernidad ha sacado fuera la pasión de su diálogo interior. Creer en uno mismo, dar valor a las propias intuiciones, atreverse a verbalizarlas, trabajar para hacerlas realidad, equivocarse, acertar, no conformarse y seguir adelante, todo esto es posible. Incluso, a escala mundial.