Telefono –y es una rareza, hacerlo– a la organizadora de un festival literario donde tendré que “participar” con otros colegas. He perdido los billetes que me envió al móvil y quería volver a pedírselos. Desde el otro lado del teléfono, y del mar, me dice: “No pases pena, que enseguida los tendrás”.
No pases pena. Una expresión que tenía del todo enterrada en el pedregal de la memoria. Yo no la he dicho nunca, no es de mi vocabulario básico, pero la he leído a diestro y a siniestro en los cuentos de Folch i Torres, donde todos los personajes, amables y obligados, la suelen decir. Mis abuelos la decían con toda naturalidad. Pero esta organizadora parece joven y entiendo que la expresión debe ser del todo viva en Mallorca, de donde ella es. No pases pena. Es un “no te preocupes”, pero más intenso. La expresión viene a suponer que esta preocupación que tú tienes, leve, en todo caso te haría angustiar, te atormentaria. Folch i Torres la usa, por ejemplo, cuando un personaje le tiene que dar un encargo a otro. “No pases pena, que ya se lo diré”, haría. También podría decir “No pases ansia”, pero eso sería más activo. Se podría decir, sobre todo, si un personaje sufriera porque el otro tiene que hacer un viaje. “Avisad cuando hayáis llegado, no nos hagáis pasar ansia”.
Así que me encuentro con la juventud, hago una prueba. Cuando se me pregunta si iré a comprar varias golosinas, digo: “No pases pena, que las tendrás”. La juventud no se inmuta. Quiere decir que la expresión se entiende y se integra, de manera viva, en la conversación. Me quedo con esta expresión, y no tengo que pasar pena, porque la haré correr.