Lo de Rufián
Por mucho que les cueste admitir a quienes leen la política y la historia con manuales antiguos, el último frente popular en Cataluña no fue hace noventa años, en 1936, sino que hace once, en el 2015. Y no se llamó Frente de Izquierdas, como en el 36, sino Junts pel Sí. Esta coalición electoral formada por ERC, CDC y personalidades independientes arrasó en las elecciones del 27 de septiembre de 2015 con un programa rupturista y claramente progresista, convirtiéndose en primera fuerza en todas y cada una de las comarcas del país –también en la capital, Barcelona–, y más que doblando el resultado del inmediato perseguidor.
Ganadas las elecciones, el gobierno de Junts pel Sí lideró un bloque histórico de ruptura que incluía organizaciones de masas –ANC y Òmnium–, un grupo parlamentario de izquierda anticapitalista –la CUP–, una organización de más de 700 alcaldes y miles de concejales de A', y AMI–, y AMI–; no ser de carácter político, espontáneamente actuaron como transmisoras, en los barrios y pueblos, del proyecto que se impulsaba desde el Gobierno y el Parlamento.
Del carácter progresista de aquel bloque histórico hablan las leyes sociales aprobadas en el Parlament entre 2015 y 2017. Del carácter popular hablan las movilizaciones masivas en la calle y el mayor acto de desobediencia civil del siglo XXI en Europa: el referéndum del 1 de Octubre. Y del carácter revolucionario del bloque histórico liderado por Junts pel Sí habla la reacción del Estado y de los poderes fácticos: guerra sucia –operación Catalunya–, violencia policial, deslocalización de empresas, fuga de depósitos bancarios, amenazas de intervención militar, detenciones de líderes, encarcelamientos y suspensión del autogobierno.
Uno de los que estaba, en ese frente popular, es Gabriel Rufián, que ahora propone otro bien distinto. Diferente en el marco territorial, antes catalán y ahora español. Diferente porque no es propositivo (la independencia), sino puramente reactivo y defensivo (detener la ultraderecha). Diferente también porque no es rupturista: de hecho, si se concreta y tiene éxito, cerrará el paso a la ultraderecha, pero apuntalará en el poder al partido más funcional del régimen del 78, el PSOE, entendido como un mal menor que vale la pena pagar. Y, finalmente, diferente en la composición interna, porque pretende incorporar a actores, como Comuns y Podem, que con su pasividad y equidistancia contribuyeron a la victoria de los poderes fácticos en el 2017.
En caso de salir adelante, pues, se le pediría al votante independentista que, con el objetivo de evitar un gobierno neofranquista, fuera a votar un frente electoral con los equidistantes del 2017 y con partidos contrarios a la independencia; un experimento que, de funcionar en las urnas, salvaría a un Pedro Sánchez que, con toda probabilidad, utilizaría la victoria para volver a incumplir los acuerdos que se firmaran. Quizás todo esto hace mucha ilusión a los demócratas de Algeciras o de Malasaña –especialmente a los del PSOE–, pero en clave catalana es un planteamiento extremadamente de mínimos con un componente muy crudo, quizá demasiado, de reconocimiento de la derrota.
Se dice mucho que el portavoz de ERC en Madrid ha desconectado de su partido y del marco nacional catalán. A veces lo parece, pero centrar el debate en él es despolitizar la cuestión. La política no se hace sobre el vacío, sino sobre un contexto y relaciones de fuerzas cambiantes. Por tanto, la pregunta no es si Rufián esto o aquello, sino si en el contexto actual –no en el de hace diez años–, y de cara a las próximas elecciones españolas, el independentismo tiene una propuesta autónoma capaz de ilusionar su base social y hacerla levantar del sofá para ir a votar. Con Junts y ERC instalados en el autonomismo más triste, con la CUP desaparecida, con la ANC celebrando como un éxito sacar a 8.000 personas a la calle por Cercanías, con Òmnium prosaicamente focalizado en la emergencia lingüística (suerte tenemos), y con los mismos líderes de 2017.
La propuesta de Rufián, pues, es posible gracias al vacío estratégico del soberanismo. Pero esto no la hace buena automáticamente. Para ser considerada en serio desde el independentismo de izquierdas, le falta marco mental y político catalán. No está inscrita en ninguna reflexión sobre la necesidad de reconstrucción de un bloque histórico de ruptura, no habla de autodeterminación, sataliza aún más el independentismo respecto al PSOE, ignora el papel histórico de la izquierda española en relación con Catalunya, no ha sido trabajada ni presentada con complicidades nacionales catalanas y se ha lanzado desde Madrid ya través de los medios españoles. Son carencias tan evidentes que cuesta entender que vengan de alguien que representa el partido de Macià y Companys.