Pedro Sánchez en una imagen reciente.
07/03/2026
Filósofo
3 min

Timothy Snyder lo ha dicho con contundencia: "Todo lo que puede ofrecer Trump es militarismo, autoritarismo y corrupción". Y de hecho toda su gestión es una escalada en esa dirección que culmina con la guerra de Irán. Un estadio más en su crueldad que interpela a todo el mundo. Y que de momento ha dejado a Europa en el desconcierto y Rusia y China evitando levantar la voz (probablemente porque creen –y desean– que Trump se ha pasado de frenada). En este contexto, Pedro Sánchez ha visto una ventana de oportunidad anticipando la incomodidad de las derechas europeas, que saben que las guerras no gustan a la mayoría de ciudadanos pero que, al mismo tiempo, no se atreven a rebelarse contra Trump, aunque los ha menospreciado siempre.

Decía Paul Ricouer que reflexionar sobre la política significa ser capaz de operar en dos dimensiones: "el entrelazado inagotable del mal y de la irracionalidad". Ahora mismo, tenemos a Estados Unidos entrampados en los delirios trumpistas y Europa expresando su impotencia con sus líderes caminando con pies de plomo. Fue el presidente Sánchez el que rompió el corazón de resignación cogiendo el toro por los cuernos. En horas bajas, ha visto un momento de oportunidad. Y la derecha se ha puesto nerviosa. Un dato muy elocuente: según la última encuesta publicada, el 68% de los ciudadanos europeos se oponen a la guerra y sólo un 23% lo apoya. No es raro que Feijóo se haya puesto nervioso y que la derecha se palpe la ropa. ¿Se les están abriendo un agujero? Una inquietud agravada por el estilo Trump. ¿Cuánto va a durar esta historia? ¿Cuándo se cansará y lo dejará todo boca abajo?

Como decía Andrea Zamorano en el ARA, Sánchez, en un artículo en The Economist, refutaba una vez más "la obediencia ciega" a Estados Unidos "en el camino temerario" que ha tomado en Irán: "Entre países aliados es bueno ayudar cuando se tiene razón y también señalar cuándo se está equivocado o se están cometiendo errores". Y ciertamente, abrir una guerra de estas dimensiones es andar por el borde de un precipicio. Todos sabemos que para Trump no existe ley que pueda frenar sus delirios, y la arbitrariedad es su norma. Sin duda Sánchez ha hecho sus cálculos: el buen político es aquél que capta las oportunidades y las sabe aprovechar. Por tanto, le quedan todavía algunos exámenes delante. Pero es cierto que está recuperando perfil, en la medida en que se está haciendo portavoz de una disidencia que llega a la gente de orden y que ha puesto nerviosa a la derecha, porque siempre es incómodo defender una guerra. Y si no le sale bien en España, quién sabe si se abre las puertas para un futuro europeo. De hecho, su movilización ha hecho ya rebajar precios a Macron, que inicialmente se había puesto a las órdenes de Washington. Y es evidente que ha puesto a la derecha española y al PP en particular en manifiesta incomodidad. No es agradable pasar por partidario de una guerra que una amplia mayoría rechaza. Por ello, la derecha catalana –Juntos en particular– busca el perfil bajo en este debate. En el fondo, la pregunta es esta: cuánto tardará Trump en cansarse del conflicto y dar marcha atrás dejándolo todo boca abajo. Y tengo la impresión de que esto es lo que inquieta a sus aliados europeos, que salvo Merz ya están midiendo si deben modificar los niveles de su complicidad con los americanos.

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