Atenas, hace 2.506 años: el triunfo del sofismo, el relativismo, la democracia y Occidente

Vistas de Atenas desde el Partenón
04/04/2026
Periodista
4 min

Los sofistas tienen mala fama. Aquellos maestros ambulantes eran escépticos y relativistas, cobraban por sus enseñanzas y buscaban la persuasión, con un argumento o el contrario, en lugar de una verdad absoluta en la que no creían. Platón y Aristóteles despreciaron a los sofistas.

Pero fueron los sofistas los inspiradores de la democracia ateniense, un sistema tan corrupto e inestable como prodigioso que en las batallas de las Termópilas y de Salamina, hace 2.506 años, determinó hasta hoy la primacía de lo que llamamos Occidente.

Sería inaceptable que un indocumentado como quien esto firma asegurara que los sofistas (Gorgias, Hipias, Protágoras, etcétera) tenían razón, que no existen verdades inmutables, que la política es el arte de la persuasión y el posibilismo y que Platón y Aristóteles estaban equivocados. Eso, sin embargo, ya lo dijo Friedrich Nietzsche. Podría, por tanto, resultar cierto.

Empecemos por el peculiar carácter de los atenienses: eran envidiosos y venales, daban credibilidad a cualquier bulo, no soportaban a los sabios y los poderosos, derribaban a sus héroes en cuanto tenían ocasión. Constituían, por tanto, la sociedad idónea para el experimento democrático. Un experimento impulsado en el 508 antes de nuestra era por el legislador Clístenes, quien proclamó que todos los ciudadanos (no las mujeres, no los esclavos) eran iguales.

Visto con perspectiva histórica, fue un momento salvaje y maravilloso. Y un triunfo del relativismo sofista. Para acabar con la aristocracia y la timocracia (gobierno de los ricos), Clístenes formó clanes artificiales en los que se mezclaban gentes de cualquier condición y procedencia geográfica: daba igual, ya que todos los ciudadanos eran iguales. También promovió la elección de gobernantes (miembros de la Boulé o Consejo) por sorteo puro: de nuevo, daba igual, ya que todos los ciudadanos eran iguales.

E inventó el ostracismo: cada año, los ciudadanos votaban en trozos de arcilla (los óstrakon) quién, por ser demasiado influyente, debía marchar al exilio.

Dos décadas después de Clístenes, la política ateniense era un guirigay que hoy reconoceríamos perfectamente: gobernaba quien mejor embaucaba, proliferaban las denuncias falsas para deshacerse de los rivales, cualquier mentira pasaba por creíble. Mandaban las opiniones por encima de los hechos. No a pesar de ello, sino precisamente por ello, Atenas estaba a punto de vivir su momento culminante, su instante de gloria eterna.

Dos grandes figuras se disputaban el poder: Temístocles, demagogo y corrupto, y Arístides “el Justo”, supuestamente austero y honesto (eso dijo luego Platón), en realidad tan venal como su oponente. Ambos habían combatido de forma heroica en la batalla de Maratón (490 a.C.), primer choque helénico con el todopoderoso imperio persa.

Maratón había sido, para el persa Darío, una simple escaramuza fronteriza. En realidad, muchas ciudades helénicas estaban ya “medizadas”, es decir, integradas en la órbita del imperio. Pero Jerjes, hijo de Darío y rey de reyes, devoto del único dios (Ahura Mazda) y autoproclamado campeón de la Verdad, tenía una obsesión personal con Atenas. Que, para él, representaba la Mentira. Jerjes empezó a reunir la mayor flota (unos 600 navíos) y el mayor ejército (unos 250.000 soldados) que el mundo había visto.

Temístocles argumentó ante la asamblea ateniense que la única salvación posible pasaba por la creación de una flota de al menos 200 trirremes. Los hoplitas, la infantería pesada vencedora en Maratón, se opusieron, argumentando (con razón) que los atenienses solo sabían combatir en tierra. Las viejas familias aristocráticas pusieron el grito en el cielo (con razón) porque construir una flota tenía un coste ruinoso. Arístides “el Justo” afirmó que Temístocles llevaba Atenas a la perdición.

Y más cuando Temístocles propuso una huida masiva y abandonar a su suerte la Acrópolis, es decir, el santuario de la diosa Atenea, protectora de la ciudad. Eso era el colmo: una renuncia a los dioses. Pero Temístocles convenció a la Asamblea de que lo importante eran los ciudadanos, no la ciudad o su diosa. El gran relativista venció, engañando a unos y otros y haciendo concesiones que horrorizaron a los ciudadanos mejor informados.

Para atraer hacia el bando ateniense a los enemigos espartanos, puso a uno de ellos, Euribíades, al frente de la flota. Los espartanos, grandes guerreros, no sabían nada de navegación. Tampoco sabía navegar la primeriza y variopinta tripulación griega de los barcos. Esparta se quedó igualmente con la conducción de las fuerzas terrestres (eso fue lo único razonable) y con la empresa más desesperada de la campaña: el rey Leónidas asumió el intento de frenar a una fuerza persa muy superior en el paso de las Termópilas.

Lo que ocurrió en 480 a.C. es bien conocido. La Atenas vacía fue arrasada. Leónidas y sus hombres murieron en las Termópilas. La astucia de Temístocles logró encajonar a la flota persa, ya diezmada por las tormentas, en el estrecho de Salamina (800 metros de anchura), donde saber navegar servía de poco, y destruirla. Jerjes regresó a Persépolis y cedió a Mardonio el mando de una fuerza terrestre reducida, que fue aniquilada al año siguiente en Platea. Occidente se impuso a Oriente.

Lo que ocurrió después (Roma, el cristianismo, la modernidad, la revolución industrial) no habría ocurrido sin el talento político y la falta de escrúpulos de Temístocles. Cabe señalar que, en la víspera de Salamina, Temístocles había enviado un emisario al campamento de Jerjes para asegurarse de que tanto él como su familia serían respetados en caso de derrota: héroe y tramposo hasta el final.

Tras la gran victoria, los atenienses se portaron como atenienses y acusaron de traición a Temístocles, quien huyó y, sin mayor problema, se puso al servicio del imperio persa. Sobre la Acrópolis arrasada se construyó el Partenón. La elocuencia propia de la democracia engendró a Sócrates, Platón y Aristóteles, enemigos de la democracia y partidarios de la tiranía ilustrada. Atenas cayó frente a Esparta en las guerras del Peloponeso. Y por dos milenios quedó enterrado el confuso, corrupto y formidable experimento democrático.

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