¿Saldrá adelante, la izquierda?

En 2010, el ya desaparecido historiador británico Tony Judt se interrogaba sobre el malestar que invadía nuestro mundo tras la gran crisis de 2008 en un ensayo que, dieciséis años después, sigue vigente. El libro, que en la versión catalana se tituló El mundo no se sale, comenzaba con una advertencia rotunda: "Hay algo profundamente equivocado en nuestra manera actual de vivir". Tras recordar que "no podemos seguir viviendo así", en un mundo tan injusto y desigual, y constatar que, sin embargo, "parecemos incapaces de concebir alternativas", el ensayo propugnaba un retorno a la socialdemocracia, que es la política que más bienestar e igualdad ha aportado históricamente a la sociedad europea y que Judt consideraba, sin idealizarla, como "la mejor opción disponible". Eso sí, siempre que sirviera para cambiar el estado de cosas presente. De hecho, el libro se cerraba con una paráfrasis de una conocida afirmación de Marx: "Hasta ahora, los filósofos solo han interpretado el mundo de diversas maneras; la cuestión es cambiarlo".

El mundo, sin embargo, no parece haber tomado el camino que señalaba Judt. El malestar persiste, dentro del contexto de una economía que es capaz de crear mucha ocupación pero no de corregir las desigualdades. Porque, como recordaba el economista Antón Costas, "el crecimiento de la economía, por sí solo, no mejora la vida de los ciudadanos". De hecho, hoy, y a pesar de las buenas cifras macroeconómicas, el factor sin duda más perturbador es la crisis habitacional, la enorme dificultad que tienen los jóvenes y los recién llegados para acceder a una vivienda asequible. Este malestar persistente arranca, en buena parte, de la crisis financiera de 2008 y, sobre todo, de la manera como fue afrontada. En lugar de reformar el sistema, tal como llegó a proponer incluso la derecha –el presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, dijo entonces que había que “refundar el capitalismo sobre una ética del esfuerzo y del trabajo”–, asistimos a un rescate de la banca fundamentado en una inmoralidad: la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas. Es cierto que no era razonable dejar caer el sistema financiero: era “masiado grande para quebrar”, se nos dijo. Pero el resultado fue que, en esencia, comprobamos que la política no podía imponerse a la economía.

Cargando
No hay anuncios

En cambio, la fuerza de la socialdemocracia –cuya credibilidad fue reivindicada en la cumbre de la semana pasada en Barcelona– hasta la extensión de unas poderosas herramientas de control y manipulación de masas como son las redes sociales. El resultado, sin embargo, es que a estos sectores no les ha importado Es ante este dominio incontestado de la economía globalizada que, en los últimos años, una parte de la población ha canalizado su descontento hacia las opciones de ultraderecha. No ignoro, aunque no me puedo extender por razones de espacio, otros elementos que han contribuido a esta deriva: desde las batallas culturales –en las que la izquierda ha actuado con una cierta hybris– hasta la extensión de unas poderosas herramientas de control y manipulación de masas como son las redes sociales. El resultado, sin embargo, es que a estos sectores no les ha importado tirar su voto, un voto que es esencialmente de protesta y sobre el cual difícilmente se podrá construir nada bueno. La prueba la tenemos allí donde han llegado estas fuerzas, a tocar poder: fracasan de inmediato.

Con todo, es importante decir que Europa –y el mundo occidental– no avanza hacia el fascismo. Estamos muy lejos de los años 1930: nos separa un siglo y un mundo muy mejorado respecto al que existía entonces. Todavía más: de las fuerzas antisistema que han surgido estos últimos años no se puede decir, propiamente, fascismo. En todo caso, sabemos que los experimentos fascistas duraron poco (aunque provocaron, eso sí, grandes sufrimientos) y acabaron muy mal: y eso es lo que pasará ahora. La reacción ya ha comenzado, como hemos visto en Hungría y en Italia. Pero para eso es necesario que la izquierda se proponga nuevamente, y por encima de todo, someter los mercados al interés general: lo está haciendo en ciudades como París o Nueva York, y hay razones para pensar que lo puede hacer a escala global. Hace falta, sin embargo, que se ponga a ello. Se le ha girado mucha faena.