Lo que será Cataluña (o no será)
En los años noventa, a Jordi Pujol le preguntaron en una entrevista por la vigencia de la cita de Torras i Bages (“Cataluña será cristiana o no será”). “Lo que se puede afirmar es que Cataluña será catalana o no será –respondió–. Será otra cosa, pero no será Cataluña”. Tres décadas después, nos tenemos que preguntar si los términos Cataluña y catalana tienen el mismo significado, y si vamos en camino de ser esa “otra cosa”.¿Qué caracteriza a una comunidad nacional? Existen condiciones de base –una población con conciencia de grupo, y un territorio más o menos estable– que Cataluña cumple desde hace más o menos un milenio. Pero su territorio se ha estirado y encogido, y su población ha experimentado mutaciones continuadas a causa de los flujos migratorios (de Occitania, de la Península, del resto del mundo). Si el país ha sobrevivido, hasta el siglo XVIII, es gracias al factor integrador de la lengua y de las instituciones de gobierno propias. Y en los últimos siglos, bien al contrario, ha sido la ausencia de estructuras políticas lo que ha dado un espíritu nuevo a la catalanidad, un espíritu profundamente apolítico e incluso antipolítico –que se expresa con el espíritu comunitario y emprendedor, pero también con las revueltas cíclicas y la incapacidad de entender el sentido moderno del ejercicio del poder. Ha habido, en estos mil años, un pueblo catalán dinámico, cambiante, poroso, lo suficientemente arraigado como para ir absorbiendo nuevos contingentes de población; pero a partir del siglo XX, la debilidad demográfica, combinada con un alto desarrollo económico y la inexistencia de un marco político protector, ha hecho que este equilibrio precario se rompa, el catalán pierda la hegemonía y las identidades se separen o se solapen. En el umbral del siglo XXI, las nuevas oleadas procedentes de todos los rincones del mundo han complicado esta tendencia, que, si ya es una prueba de fuego para cualquier comunidad nacional, aún lo es más para una nación pequeña, que no solo no tiene un estado propio, sino que está en conflicto constante con un estado de tendencias uniformizadoras. Cataluña ha superado crisis, revueltas, guerras y, desde 1714, una ofensiva desnacionalizadora en todos los frentes. Si es así, ¿por qué no debería sobrevivir a las circunstancias actuales? Pues porque son circunstancias inéditas. Hasta ahora decíamos que el pueblo catalán ha sobrevivido a la opresión sin herramientas de gobierno, pero lo que ahora está en cuestión es, al contrario, si estas mismas herramientas pueden sobrevivir sin un pueblo catalán detrás, tal como lo hemos entendido en los últimos siglos. La demografía es fría e implacable, y por muchas herramientas políticas que tengamos, la gente es la gente, con su origen extraordinariamente diverso. Ante esta realidad, solo podremos seguir afirmando, con Pujol, que “Cataluña será catalana o no será” si somos capaces de refundir nuestro ser colectivo, preservar las raíces, incorporar la savia nueva, dotarnos de unos valores y un proyecto que afirme e incorpore. Pero se trata de una empresa tan enorme, tan titánica, que no la podemos hacer con una mano atada a la espalda: necesitamos un estado que nos dé un marco de referencia, recursos y autoridad para gestionar los cambios sociales y demográficos inevitables al ritmo idóneo. El primer paso para llegar aquí es la unidad estratégica de todos los demócratas que consideramos que Cataluña ha de continuar existiendo como nación. Sin sectarismos y sin reproches. Si no, nuestro naufragio ante la ola globalizadora está garantizado. Ya no es cuestión de ser un país mejor, como decíamos hace diez años. Es cuestión de ser: Cataluña será soberana... o quizás no será. Será, efectivamente, otra cosa.