Soberanismo, éxito y fracaso

Hace unos días estuvo en Palma Floren Aoiz, activista abertzale navarro de larga trayectoria, actualmente responsable del área de relaciones políticas con el Estado de EH Bildu. Invitado por las Fundaciones Darder Mascaró y por la asociación La Col·lectiva, concedió una entrevista a Anna Mascaró, de Ara Balears, en la que decía cosas muy interesantes. Por ejemplo: “En Euskal Herria hay más tendencia al soberanismo entre la gente vascoparlante (...) pero también hay soberanistas que no son vascoparlantes, muchos. En los últimos años, más: es un crecimiento ligado a la percepción de que el soberanismo ofrece una alternativa para el conjunto de la sociedad. Una alternativa no solo de izquierdas, sino también ligada a la capacidad de la sociedad de gobernarse a sí misma. De entender el autogobierno en una dirección determinada, que es la defensa de los servicios públicos, la defensa de mejores condiciones de vida, de trabajo... Un modelo de convivencia. En el caso de Euskal Herria, la aspiración de soberanía quiere decir que queremos obtener esta soberanía respecto del estado español y el francés. Pero en el mundo en que vivimos también es una reivindicación de soberanía democrática frente al capital, frente a flujos internacionales de capital y de decisiones en las que los pueblos tienen muy poco que decir”.Es así. Hace nueve, diez años, cuando el soberanismo catalán fue capaz de proponer una verdadera alternativa, es decir: una República basada precisamente en la convivencia, la igualdad de oportunidades (esto implica la defensa de los servicios públicos y de unas buenas condiciones de vida y de trabajo), tuvo mayoría absoluta en el Parlament, se enfrentó al estado español y obtuvo —brevemente, pero la obtuvo— atención mundial. Muchos veían en ello una amenaza contra el orden establecido, pero esta era precisamente la grandeza de la propuesta y lo que hacía que, a ojos de muchos otros, la República catalana no les pareciera ninguna amenaza, sino una esperanza. El viejo orden era el que representaba el estado español; la República catalana representaba —prometía— un paso adelante en derechos y libertades, una nueva República del siglo XXI, progresista, avanzada, madura, capaz de incluir a los ciudadanos arraigados de atrás y a los recién llegados. Un país fundamentado en la lengua y la cultura catalanas, en diálogo con las lenguas y las culturas del mundo.La derrota política va llevar a otra derrota autoinfligida. Un torturado abandono en hemorragias internas, psicodramas, búsquedas obsesivas de culpables e idealizaciones de pasados supuestamente mejores que nunca han existido tal como se les invoca. Repliegue, conservadurismo y ultraconservadurismo: las actitudes de los cobardes y de los oportunistas que creen que les ha llegado el momento de mandar algo, aunque sean los despojos. Hay quien todavía insiste en negar la existencia de una extrema derecha catalana, incluso cuando la tiene delante de las narices, y quien considera que una encuesta suma “una mayoría independentista” con los escaños de Junts y ERC más los de Aliança Catalana. Este sí que es el camino directo al fracaso definitivo.