¿Por qué todo suena igual?

La lógica de las inminencias informativas funciona como un estroboscopio (aquel artilugio que genera una luz intermitente provocando ilusiones ópticas muy curiosas): aquello que hoy ocupa todas las portadas mañana puede desaparecer sin que realmente haya cambiado nada. El conflicto de Gaza desplazó el de Ucrania, la escalada con Irán reubicó la devastación de Gaza, una crisis sanitaria tan vistosa y cinematográfica como la del hantavirus está tapando sin remedio el lío de Ormuz. Etctera. El mecanismo no es casual. Responde a una ecología mediática basada en la competencia por la atención, recurso finito que se distribuye según criterios de impacto emocional y novedad. También de saturación narrativa. Cuando un tema deja de generar sorpresa o ya no ofrece ningún giro dramático inmediato y apetitoso, como el del barco vírico, cae en un segundo plano aunque su gravedad objetiva sea igual o superior a otros. Una niña muerde a un perro y le contagia la rabia, pero al día siguiente Larry, el popular gato de Downing Street, araña al líder de la oposición británica y el caso de la niña mordedora y rabiosa se olvida de golpe. Son ejemplos de hechos insustanciales pero bien aderezados.Esta volatilidad crea una realidad intermitente, donde los hechos no desaparecen del mundo pero sí del relato. Ucrania continúa siendo un conflicto que condiciona totalmente las relaciones internacionales, pero su presencia mediática oscila según la irrupción de otras (supuestas) urgencias. Gaza continúa sufriendo una crisis humanitaria horrible, pero la cobertura se diluye cuando otro foco geopolítico irrumpe con más fuerza. Y seguir así. La percepción pública se construye, pues, en un régimen de discontinuidad, donde la importancia no depende del todo de la magnitud del acontecimiento, sino de su capacidad de imponerse en el incesante ciclo de novedades por medio de una no-lógica de carácter emocional o incluso estético.El fenómeno no es nuevo. Durante la Guerra Fría, la crisis de los misiles de Cuba eclipsó completamente la guerra de Argelia, a pesar de que el conflicto acumulaba cientos de miles de muertos. El genocidio de Ruanda de 1994 (en relación al total de la población, uno de los peores de la historia) quedó invisibilizado porque coincidía con los momentos más duros de la guerra de los Balcanes, una guerra más cercana y fácil de codificar cultural y emocionalmente. El terremoto de Haití de 2010 desapareció de las portadas en pocas semanas, sustituido por la erupción del impronunciable volcán islandés Eyjafjallajökull, que afectaba vuelos europeos y, por tanto, generaba una sensación de urgencia más directa. Incluso el 11-S desplazó de manera fulminante la cobertura de la crisis argentina de 2001, que hasta entonces ocupaba un espacio central en la agenda internacional. Se dejó de hablar de ella y punto. Como no encajaba con el relato apocalíptico oficial, tampoco se dijo ni una sílaba del comportamiento de las bolsas mundiales, que reaccionaron con indiferencia a los atentados de Bin Laden.

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La maquinaria es siempre la misma: la actualidad se alimenta de relatos que deben disponer de tensión narrativa, actores atractivos y guiones más bien truculentos. Cuando un conflicto entra en fase de estancamiento —aunque sea un estancamiento trágico— pierde valor informativo. La atención colectiva, pues, funciona como los focos de un circo que solo pueden iluminar al mismo tiempo un número muy reducido de pistas, y de ahí la necesidad de emplear un buen estroboscopio como los que se usaban en las discotecas de los años ochenta para aturdir al personal. El resultado es una percepción fragmentada del mundo, hecha de unos picos de intensidad histérica que, de repente, erráticamente, desembocan en silencios incomprensibles. Esta intermitencia tiene consecuencias políticas: aquello que no se ve no existe en la esfera pública, y aquello que no existe no genera presión, ni debate, ni responsabilidades ni nada de nada. Las inminencias informativas actúan como fuerzas centrífugas que expulsan temas relevantes del campo visual, y no porque dejen de ser importantes, sino porque dejan de ser supuestamente urgentes. En el régimen mediático contemporáneo, la urgencia —y, sobre todo, la "emergencia"— es la gran excusa tanto para decir como para dejar de decir. De hecho, el uso convenientemente teatralizado de las "emergencias" está creando episodios que quizás harán dibujar una sonrisa a nuestros nietos. La realidad estroboscópica no es un continuo, sino una sucesión de ventanas que se abren y se cierran de manera azarosa, según criterios que tienen más que ver con la psicología de la atención que no con la jerarquía objetiva de los hechos. Y como nos hemos acostumbrado, nos parece normal.