Trasplante de cara: identidad y anonimato
En 1998, Clint Hallam, un neozelandés que se había amputado su propia mano con una motosierra, se convirtió en el primer hombre del mundo en recibir un trasplante de mano, en un hospital de Lyon, Francia. La extremidad pertenecía a un joven motorista fallecido en un accidente de tráfico. La intervención fue un éxito médico sin precedentes, pero un fracaso humano con muy mal final. Tres años después, tras reiteradas solicitudes, se le extirpó la mano trasplantada en una clínica de Londres. Le molestaba, se sentía desvinculado mentalmente.
Esta semana el Hospital Vall d'Hebron ha anunciado la realización del primer trasplante de cara del mundo a partir de una donante que había solicitado la eutanasia. El hecho de poder programar la donación permitió unas óptimas condiciones de extracción y unos resultados más idóneos. La receptora del trasplante es Carme, una mujer que parece dispuesta a seguir un camino distinto al de Clint Hallam. Las complicaciones de una picadura de insecto le habían desfigurado la cara y le dificultaban funciones tan básicas como comer, hablar e incluso respirar. Su vida, recluida en casa, era muy precaria.
Los órganos que se trasplantan dentro del cuerpo y permanecen escondidos debajo de la piel suelen provocar menos impacto psicológico que los que quedan expuestos, los que se ven y se tocan. En el caso de Carme, es cierto que necesitará acompañamiento para reaprender a reconocerse y para que los demás también la reconozcan; sin embargo, contrariamente a lo que a menudo se cree, por la tiranía del culto al cuerpo, una transformación facial no altera, por sí sola, la identidad personal. La identidad profunda tiene que ver con el carácter, con lo que piensas, lo que sientes y lo que haces. Los rasgos que te definen son sobre todo interiores, no sólo estéticos. Por eso ante dos gemelos iguales, indistinguibles por la cara, acabamos identificándolos por su forma de ser.
El nuevo rostro de Carme parece algo de un milagro, pero es el resultado de los avances de la ciencia y la tecnología médica. Una filigrana quirúrgica posible gracias al talento y dedicación de un centenar de profesionales. Ellos son los verdaderos artífices de esta proeza, que ha querido hacerse pública. Lo que sorprendía de la rueda de prensa era la presencia de la paciente junto al equipo médico, tratándose de un trasplante en el que es necesario preservar el anonimato tanto del donante como del receptor: a pesar de que no se dio ningún dato de la donante que permitiera identificarla, sus familiares podían identificar a la receptora.
Pese al deseo de Carme de estar allí, ya pesar de la excepcionalidad del trasplante, habría sido más prudente evitar esta exposición pública. En cualquier caso, si esta historia merece un último centro de gravedad no es la rueda de prensa sino el gesto de la donante. Una mujer que, frente a una eutanasia, fue capaz de planificar su muerte pensando en la vida de los demás. Dio varios órganos, incluyendo la cara, como si quisiera decir a la muerte que todavía no lo tenía todo ganado, y que seguiría viviendo en otros cuerpos.