Trump a China: rivalidad estratégica y necesidad política

En junio de 1997, el entonces senador de los Estados Unidos, Joe Biden, de vuelta de un viaje a Moscú, donde había ido a tranquilizar al Kremlin por la ampliación de la Alianza Atlántica, explicaba ante las cámaras que los rusos no querían “ni oír hablar de esta expansión de la OTAN”, y admitía que Moscú le había advertido que, si se consumaba, la respuesta de Rusia sería "darse la vuelta hacia China". Biden, dando por hecho que el acercamiento sino-ruso era impensable, se jactaba de haber contestado: "¿Sabe qué? ¡Buena suerte con eso! Y después, si no le funciona, ¡lo prueba con Irán!". Las palabras de Biden hicieron reír a una audiencia incapaz de imaginar, desde Washington, un mundo en que Pekín se convertía en un polo de atracción global. Tres décadas después, el mundo se reconfigura alrededor de China y Donald Trump ha quedado atrapado en una guerra en Irán, con impacto militar en toda la región y con capacidad de disrupción económica global. 

La confrontación entre los Estados Unidos y China por la hegemonía mundial vive esta semana un cara a cara importante con el viaje de Trump a Pekín. Es la primera visita de un presidente estadounidense a China en casi una década, y llega en un momento crucial para las dos economías más grandes del mundo: con un Trump presionado por la guerra en Irán y por el malestar socioeconómico interno que amenaza las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre; y con una China en posición de fuerza que ha alcanzado unas cifras de exportación de récord gracias a la consolidación de nuevos acuerdos comerciales en un mundo abocado a la diversificación de las alianzas y a rebajar las dependencias con los Estados Unidos. 

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Es precisamente por esta preeminencia china que las últimas administraciones norteamericanas, tanto demócratas como republicanas, han vivido obsesionadas con el ascenso de una China que ha sabido ocupar los huecos de poder que han ido dejando unos EE. UU. en retirada. Xi Jinping viaja cada vez menos al extranjero, pero el mundo desfila por Pekín: los líderes de Canadá, la India, el Reino Unido o de diversos países de la UE han ido de visita en el último año. Este jueves por la mañana, Donald Trump y Xi Jinping se verán cara a cara en el Templo del Cielo, un complejo religioso del siglo XV que simboliza la relación entre la Tierra y el Cielo. Será el momento de calibrar la voluntad de entendimiento de dos potencias en plena confrontación comercial, tecnológica y geopolítica.

Ante la volatilidad trumpista, China se ha convertido en la defensora de un orden global estable. Los fuertes vínculos económicos de Pekín con Teherán han hecho que los chinos prioricen los esfuerzos diplomáticos para conseguir un alto el fuego, aunque sea frágil, para no perjudicar más la economía de uno de los principales importadores de crudo iraní. Por ello, Irán estará presente en la agenda de bienvenida de Xi al líder norteamericano que ha atacado militarmente a dos de sus principales suministradores de hidrocarburos en los últimos meses. El presidente chino siempre ha recelado de la imprevisibilidad del republicano, ya desde su primera visita a Trump, durante su primer mandato en 2017. Coincidiendo con la llegada de Xi a Mar-a-Lago, Estados Unidos lanzó una importante ronda de ataques con misiles contra Siria, que dejó a los miembros de la delegación china encerrados incómodamente en su avión mientras intentaban interpretar el momento y el significado de una acción militar que se coló inevitablemente en la agenda de aquella reunión. Xi no quiere sorpresas. 

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Esta vez Trump busca, sobre todo, titulares económicos. Por ello viaja acompañado de los directivos de multinacionales como Boeing o Citigroup, y buscará compromisos de compras chinas a gran escala de bienes norteamericanos, ya sea en agricultura, energía, transportes o semiconductores. El encuentro servirá, pues, para poner a prueba la frágil tregua comercial entre Washington y Pekín, dos potencias decididas a desacoplarse la una de la otra.

La sensación en Washington, sin embargo, es que China no tiene ningún incentivo en estos momentos para hacer concesiones comerciales a Estados Unidos porque, cuanto más se acerquen las elecciones de medio mandato, más necesidad tendrá Trump de poder vender resultados y más fácil podría ser para Pekín conseguir un mejor acuerdo. El tiempo juega a favor de una China que se gobierna con una lógica temporal completamente diferente de la de las debilitadas democracias electorales. De momento, la retórica trumpista ya le ha ofrecido el mejor reconocimiento de todos: una visión bipolar del mundo que confronta a China y a Estados Unidos de igual a igual. Un G-2 que ejerce la rivalidad estratégica pero que esta semana se vestirá de deshielo transaccional.