Trump: el gemido de la nación herida
Recuerdo el último 4 de julio vivido en Estados Unidos, el año 2022, ya de vuelta a cierta normalidad después de la larga pandemia. La alegría con que los vecinos vivían aquella noche de celebración, cada uno en su barrio con la gente cercana, era un acto lleno de ciudadanía. Lo celebraba en el barrio de Harlem, con vecinos llegados de múltiples países, orígenes, razas y tradiciones culturales. Desde la óptica europea nos lo miramos con cierta indulgencia: como un acto de ingenuidad ajeno, revelador de una nación tan dominante en el último siglo como joven en su recorrido histórico. Al fin, es una nación que apenas acaba de cumplir una cuarta parte de milenio desde su fundación. Así, mientras naciones con más de mil años de vida como Cataluña sobreviven siendo parte de un estado, una nación en su juventud como la americana tiene suficiente fuerza en el año 2026 para amenazar a un país como Irán –la forma política contemporánea de una civilización de más de dos mil quinientos años de historia como Persia–. Esta arrogancia probablemente es la causa por la que tengamos un sentimiento hacia los Estados Unidos tanto de fascinación como de antipatía. ¿Qué hace que una criatura se relacione con tanta virulencia contra antiguas civilizaciones de continentes como el asiático o el europeo –China, Irán, Alemania, por poner los últimos ejemplos?Los Estados Unidos de Trump no son conscientes de su pecado de infancia: ser David en el gran relato de la historia, que se enfrenta al Goliat del peso de la tradición. Los ciclos de dominación tienen unos plazos, y si el Imperio Carolingio no duró ni un siglo y el Imperio Romano –el más grande ejemplo de dominación hegemónica europea– vivió cinco, podemos pensar que el camino que le queda por recorrer a la gran potencia de la globalización será corto, por mucho que Trump dijera lo contrario el sábado 4 de julio desde el monte Rushmore. Allí anunciaba por enésima vez una nueva “edad dorada” como la que fundaron los presidentes Washington y Jefferson o hicieron crecer Lincoln y Roosevelt –los cuatro, esculpidos en la piedra de fondo de Dakota del Sur–. La evolución de los datos económicos, demográficos y geopolíticos, sin embargo, hacen entrever el fin del primer gran capítulo dorado –aquel que arrancó con los acuerdos post Segunda Guerra Mundial.
Hay que, además, volver a los orígenes que estos días se conmemoran. El mismo Barack Obama afirmaba hace poco que la estadounidense es una nación nacida en la incongruencia: llena de violencia desde el primer día, cuando declara la independencia de la Gran Bretaña en verano de 1776, pero también fundada sobre unos ideales de liberación del individuo frente al estado colonizador, insertados ya en el primer texto de la nación: la Constitución de 1787. Más paradojas: si todo demócrata ha de agradecer a Thomas Jefferson y George Washington la defensa de la igualdad de todos los hombres nacidos en un mismo territorio –verdadero principio de la Constitución–, ambos a título individual fueron esclavistas que ejercían el dominio sobre otros seres más desvalidos.Esta contradicción permanece hoy en la nación norteamericana. Siempre con la palabra libertad en la mano, ejerce al mismo tiempo el dominio sobre los demás con una pasión compartida. ¿Cuál es el hilo que une el dominio y la libertad, los dos grandes valores de los Estados Unidos? Tanto hoy en día como hace décadas, cuando se inició la hegemonía del capitalismo de consumo, el motor de su ingenua capacidad de dominar el mundo es el individualismo. Por eso resulta colpitoria, pero no sorprendente, la imagen de un país que sale a la calle de forma colectiva para celebrar una fecha que el presidente se ha apropiado por intereses y ego personales.Militarización, violencia y espectacularización de la banalidad han complementado estos días el rasgo de la efeméride celebrada: haber convertido un ideal de liberación de un pueblo, hace doscientos cincuenta años, en un gran mercado del imaginario yankee más anticuado. Los Estados Unidos se han mostrado al mundo como el gran centro comercial de nuestro tiempo, precisamente cuando los centros comerciales dejan paso a una digisfera global.
Se agota una triple fuente de luz que la irreverente América ofrecía al mundo moderno: una idea de democracia, una idea de libertad y una idea de progreso y bienestar. Esto último lo constatan los datos recientes del Pew Research Center: la mayoría de los estadounidenses piensan hoy en día que los mejores días del país ya han pasado, contradiciendo a un presidente al que, probablemente, incluso han votado. La angustia de no querer caer en un segundo lugar tras la larga hegemonía no es razón suficiente para la más cruel honestidad: reconocer que la quimera de la omnipotencia se ha acabado en un mundo más interdependiente que nunca.Hay señales interesantes, como las que llegan del patriotismo local neoyorquino del alcalde Zohran Mamdani, desde donde se invita a pensar el 250 aniversario de la fundación como un espejo del presente para repensar el futuro. Porque la nostalgia puede ser el peor legado de cierta mirada glorificada del pasado.