Trump pierde y todos ganamos
Trump retiró el acceso a la Casa Blanca a una serie de medios y ahora un juez federal ha ordenado que los vuelva a dejar entrar porque la prohibición fue probablemente inconstitucional.
No se trata de un escándalo más ni de unos titulares disfrazados de noticia, creados con la esperanza de captar nuestra atención. Tanto la prohibición como la reparación son dos grandes noticias. A un tipo que aspira a dar miedo como Trump todavía le molestan las preguntas independientes y las coberturas periodísticas desfavorables. Que el juez haga devolver las credenciales recuerda que, a pesar de la carrera mundial sin frenos hacia el autoritarismo en la que estamos inmersos a toda pastilla, la libertad de prensa es garantía de democracia.
El periodismo no está para dar lecciones (en los dos sentidos, el figurado y el real), pero cuando me preguntan si todavía creo en mi oficio contesto que eso es como si me preguntan si me gusta el fútbol. Depende de quién juegue. Y hay jugadores y equipos que juegan muy bien.
Si el periodismo estuviera todo vendido y fuera inocuo, ni el ególatra de la Casa Blanca prohibiría el acceso a algunos medios, ni los periodistas serían asesinados por ejércitos, narcotraficantes, ejércitos y servicios secretos, ni harían listas de periodistas en el ministerio del Interior español, ni un grupo de troles anónimos y pagados los ridiculizarían cada día en las redes. Y, por supuesto, no serían censurados.
El día que, en el Despacho Oval, una periodista le recordó al príncipe saudí Mohammed bin Salman que los servicios secretos americanos habían concluido que él había organizado el brutal asesinato de Jamal Khashoggi en Turquía, el mundo respiró mejor por un momento. Por eso Trump la hizo callar, la llamó mentirosa y desacreditó a su medio. Ahora, por mucho que desobedezca al juez, tendrá que seguir oyendo preguntas que no le gustan.